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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Vacaciones en el norte 17 "Carta y fin"

Eran las once de la mañana y ya la luz del sol atacaba con fuerza las cortinas que había en las ventanas de mi habitación. Micael estaba dormido aún, hecho un gurruño con la manta. Su esbelto cuerpo estaba indefenso y cansado tras una noche de pasión. Esa pasión que había compartido conmigo por primera y última vez.

Finalmente salió de su dulces sueños. Cuando abrió los ojo y vio que no estaba al otro lado de la cama, se lavantó. Miró en toda la casa, que al no ser muy grande no le costó mucho dar un rastreo por ella.

—¿Micael?—gritó, al ver que a no ser que en la casa hubiese una habitación secreta, yo ya no estaba.

Lo cierto es que ya no estaba, ni mi pequeña casa asturiana, ni en ese pueblo, ni tampoco en Asturias. Iba dirección contraria hacia donde estaba él. Al final vio una carta que ponía su nombre en letras grandes. En cuanto la vio, procedió a leerla.

Querido Micael,

Te dejo esta carta para pedirte perdón y para explicarme de lo que he hecho esta mañana. Después de que te durmieses, llamé a Mara. Le conté lo que había sucedido entre nosotros—tranquilo, ella es de plena confianza, nunca diría nada— y le dije que necesitaba ya volver a Madrid.

Ayer no estaba dormido cuando me dijiste que me querías. Por favor, no pienses que me ha hecho irme, pero en parte sí ha sido por ello, pero no porque quieras sin más, sino porque cuando me lo dijiste, me di cuenta que yo también te quería.

Es de cobardes huir de lo malo, pero más lo es huir de lo bueno. En este caso he sido lo más despreciable que se puede ser. Me he marchado por miedo a volver a sufrir por alguien, a despertarme cada día a tu lado, pero tener la sensación de que eso tuviese fecha de caducidad.

No sé si volveré a dejarme amar, pero hoy por hoy creo que eso sería veneno para mí. Ahora no necesito nada más que a mi amiga Madrid para volver a hacer vida normal y a enfrentarme de los problemas de los que huí cuando fui a Tazones. La verdad es que soy un fugitivo de todo sitio al que paso.

Te he dejado al lado de las cartas unas llaves. Por favor, trasládate aquí. No sé cuándo volveré y creo que tu situación en casa con tu madre es demasiado horrorosa. No me lo dijiste, pero sé que la odias y que el último motivo por el que sigues en este pueblo es porque quieres mantener a tu hermana y que no corra tu misma mala suerte. Creo que tu bondad es una de las cosas que tanto me atrajo de ti.

No pienses que has sido un capricho de verano. Nunca lo hagas. Alguna vez volveré y te prometo que nos volveremos a ver. Lo nuestro sólo es un punto y seguido de una historia que continuará, si tú quieres, cuando me vuelva a sentir seguro de confiar en alguien.

Por todo Micael, gracias por existir. Tú has sido la guinda de la copa. Aquella persona que necesitaba conocer y que estaba a quinientos kilómetros. A esa persona que nunca olvidaré y que volveré a ver. Estas son las Vacaciones en el norte que deseaba y jamás creí poderlas tener.

Te quiere:

Tu madrileño, Leo



FIN



lunes, 2 de septiembre de 2013

Vacaciones en el norte 16 "Libro abierto"

La noche la pasé llorando desconsoladamente. Sin ganas de nada, que no fuese soltar lágrimas. Por la mañana me visitó Mara con churros. No me acordaba que todo había pasado tan rápido y que ella no sabía nada. Aunque sé que dentro de ella había un "Te lo intenté advertir", no me dijo nada, tan sólo me abrazó y me animó.

—¿Ahora qué piensas hacer?

—¿Pensar? Descubrí ayer que nunca he pensado. ¿Hacer? Lo que voy a hacer es quedarme aquí. Recuerda que este pueblo es mi guarida y que haya sido violada durante unos días no quiere decir que no lo siga siendo.

Sonrió y se alegró porque creía que con eso me refería a que iba a seguir allí.
—Aún así, ya es primero de septiembre. En pocos días tendré que volver a Madrid. Tengo mi vida allí, tanto las cosas buenas como las malas.

—Lo entiendo...—contestó resignada.

—Había pensado que cuando volviese, vinieses conmigo una temporada al menos.

—¿Perdón?

—Lo que oyes. Puede parecerte una locura, pero no te vendría mal volver a una gran ciudad. Has vivido en París y además sabes idiomas. Seguro que en algún sitio te contratarían y ya tenía hablado el alquiler de un apartamento. ¿Así que por qué no te animas y te vienes a vivir conmigo en Madrid?

—Pues me encantaría, quiero decir, no me parece mala idea, pero déjame pensarlo.

Asentí, aunque estaba bailando una sardana en mi interior. Sabía que estaba igual de eufórica que yo por dentro y que se vendría conmigo. Me alegré porque una amistad tan buena no se encontraba todos los días y sabía que no podía estar en ese pueblo un año entero por mucho que allí tuviese un plato de comida asegurado.

Mara se quedó a comer y después se tenía que ir con su padre a un mercado central cercano a Gijón para comprar algunas cosas para la taberna del hostal. Insistió en quedarse, pero me negué a ello. No quería ser un lastre para nadie por estar con los ánimos bajos y además necesitaba un poco de soledad.

Me pasé toda la tarde en la cama. Si salía, me encontraría con alguien y me empezaría a preguntar de mi "amigo" Roberto y no quería que me recordasen lo que había pasado, aunque no fuese intencionadamente.
Cuando el sol empezó a esconderse, salí de casa. Ya las noches empezaban a refrescar más de la cuenta y era la hora de la cena, así que tenía aseguradas unas calles vacías para mí. Fui a la playa, donde me quedé mirando las estrellas y una luna menguante llena de luz.

Empecé a llorar otra vez. El ruido de las olas silenciaban mi derrumbe. No sabía cómo podía haber confiado en la persona que me había hecho tantísimo daño. Sabía que me haría daño, pero por estupidez esa noche dejé de pensarlo. Si no hubiesemos tenido que ir a mi casa a curarle la herida nada hubiera sucedido. Chusa me habría llamado por la noche, me enteraría de lo que realmente había pasado y le hubiese echado de mi casa sin sentirme tan sucio y estúpido como lo hacía ahora.

—¡Leo! ¿Qué te pasa?

Una voz grave apareció y en un momento di un brinco.
—Ah. Hola Micael. No, tranquilo es que me había acordado de algo no muy...

—Agradable—me completó al ver que no era capaz de terminar la frase.

—Sí, se podía decir así.

—¿Y tu amigo Roberto? ¿Se ha quedado en casa?

—No,—Ya tenía que salir él en conversación—se fue ayer por la noche.

—Vaya. Así que él ayer se fue  y hoy estás tú llorando aquí. Qué curioso.

—¿Qué quieres decir?—contesté molesto. Me estaba resultando impertinente.

—Vosotros,—se sentó en la arena mirando al cielo como yo no hacía mucho rato estaba haciendo—tenías algo ¿Verdad?

Sin comerlo ni beberlo, me estaba diciendo que creía que eramos gays. A cualquiera en ese pueblo que se lo hubiesen insinuado ya tendría su puño en la cara de Micael. ¿Por qué me lo preguntaba? Tampoco tenía una relación tan buena como la que tenía con Mara, aunque habíamos hablado unas cuantas veces.

—Fuimos pareja durante dos años. Él vino a solucionar todo, pero me enteré de algo que hizo que le tuviese que decir que se largase.

—Lo siento—musitó.

—Es igual,—intenté quitarle importancia—le dejé porque no era alguien de fiar y nunca lo será.

Nos quedamos los dos callados. Estaba esperando a seguir la conversación. A componer frases lógicas y acertadas, a reorganizar todo un poco.

—Micael, ¿Por qué creías eso de Roberto y yo?

Me miró y empezó a reírse entre dientes. Yo no sabía qué tenía tanta gracia.
—Así que no te acuerdas, ¿no?

—¿De qué?—no me gustaba la información de más que tenía a su beneficio.

De repente sus gestos cambiaron e hice una recomposición de cuando fui a Oviedo con Mara. No bailé con ningún chico. No tenía ninguna necesidad con ninguno. Con ninguno, excepto con uno que me miró y empecé a seguirle y que me dio un beso y se fue.

—El chico del "Adán y Adán" eras tú...

—Así es, Leo.

—¿Por qué no me hablaste de ello cuando volví?

—Porque necesitaba hablar contigo, a solas, sin orejas que nos espiasen. Mi vida está en este pueblo y se complicaría mucho si lo supiesen. Tenía que andar con pies de plomo y al verte el día de la barbacoa con ese chico, mi idea de intentar hablar contigo se borró de mi mente. Me fijé en cómo te miraba y por eso me limité a suponer que habías pasado de mí. No sabía que no te acordabas, sino que simplemente había sido un error lo del beso, producto de una borrachera demasiado pesada.

Ya aquel chico ,que antes me parecía misterioso, se había convertido en un libro abierto. Así intentaba repeler a las chicas de su alrededor y por éso la única novia que había tenido se puso a llorar cuando la dejó, le dijo que era gay y se sentó ofendida. No era más que un chico ,que no había tenido mucha suerte, que una vez tuvo la oportunidad de salir de allí, pero la muerte de su padre, junto a una madre anclada en costumbres demasiado desfasadas, le postró a una vida sin las libertades que él necesitaba.

—Si te digo la verdad—comencé a hablar—, desde el primer día que te vi de lejos, me había fijado en ti. Tenía una mala obsesión contigo. No sé por qué, pero el hecho era así. Siempre he sido muy cauto e intentaba pensar en otras cosas, aunque durante todo este verano siempre te he tenido algún rato en la cabeza—ya estaba sonrojado con los ojos sobre la arena, cuando me giró la cara y me besó.

Fue un momento que sí sabía que deseaba, que pasase. Era lo que creía que no sucedería nunca, pero al final había pasado. No sabía qué hacer, pero él no estaría mucho tiempo tranquilo en la playa, siendo el objetivo de cualquier mirada curiosa que apareciese.

—Vámonos a mi casa—le dije.
Él aceptó y nos dirijimos a ella. Allí nos seguimos bebiéndonos a besos y cenándonos a caricia. Cada vez íbamos con menos ropa hasta que llegamos desnudos ,piel con piel, a la cama. La intensidad con la que hicimos el amor y la ternura que compartíamos hizo vibrar al oscuro cielo de la noche.
Todo sobraba, incluso las sábanas. Sólo necesitabamos nuestros cuerpos y almas para ser felices.

No sé muy bien cuánto tiempo pasó, pero cuando dejamos de hacer delicias, nos abrazamos como dos enamorados. Cuando estaba a punto de dormirme, Micael me dijo algo.

—Leo, ¿estás despierto?

No contesté y me hice el dormido, pero él me acariciaba el pelo mientras me dijo una última cosa que me marcaría.

—Te quiero.

Esas palabras hicieron muchas cosas en mi interior. Lo primero fue que me plantease muchas cosas. Sabía que había hecho bien lo de esa noche, ¿pero yo le quería? Esa pregunta, que se convirtió casi en existencial ,hizo que le diése muchas vueltas en la cama hasta que Micael se quedó dormido y me levanté para hacer una llamada.

—¿Leo? ¿Qué haces llamando a estas horas?

—Hola Mara, tengo que hablar contigo de una cosa importante...



domingo, 1 de septiembre de 2013

Vacaciones en el norte 15 "Amiga cotilla"

Cuando me desperté era de noche. Al primer momento no sabía qué había hecho antes de dormirme y me sobresalté al ver a Roberto a mi lado. Luego recordé qué había pasado. La comida en el merendero, su caída y finalmente cuando acabamos en casa para curarle las heridas que se había hecho. Irónicamente, la venda que tenía en la pierna era el único trapo que cubría su cuerpo desnudo.

Sabía que una parte de mí quería volver a sus brazos, pero no quería que pasase lo que al final había sucedido. No tenía ganas de pensar en lo que había hecho. Me daba igual si estaba bien o mal, ya tendría tiempo para meditar sobre ello. Ahora no tenía más ganas que estar tranquilo y prepararme algo en la cocina para mi estómago agonizante.

En la cocina saqué un par de huevos para hacerme una tortilla. Mientras los batía, escuché mi teléfono sonar en el salón. Fui corriendo a contestar. Supuse que eran mis padres, pero para mi sorpresa era Chusa.

—¿Sí?—pregunté, aunque ya había visto en la pantalla del teléfono su nombre.

—¡Hola Leo! Soy Chusa, ¿Qué tal estás? Sé que estás en un pueblo de Asturias, pero no sé nada más de ti. Te he hablado mil veces por WhatsApp y no me contestas.

—Ya, es que la cobertura aquí es malísima...

—Bueno no pasa nada, tonto. ¡Te tengo que contar una cosa!

No era para sorprenderme escucharla decir éso. Siempre que me llamaba era para contarme algún chisme, rumor o desgracia ajena. Chusa tan sólo era una amiga para salir de fiesta, que no podía mantener nunca la boca callada, por lo que se convertía en la última persona a la que le contaría un secreto.

—Bueno mujer, pues haz de tripas corazón y cuéntamelo.

—Vale, vale. Creo que esta noticia te va a gustar. ¡Tu exnovio Roberto lo ha dejado con su novio!

—¿Sí? Vaya, no sabía nada—volví a mentir. Me haría gracia que ella pudiese ver que de quien hablaba estaba ahora mismo dormido en mi cama. Me salió una pequeña carcajada al pensarlo.

—Y lo mejor es que el novio le ha dejado para irse con otro.

—¿Cómo?

—Lo que te digo. Fue enterarme de la noticia y quedarme boquiabierta. Pero me alegro por ese hijo de puta después de lo que te hizo.

—No puede ser...—musité.

—¿Perdón?

—No, nada. Que muchas gracias por contármelo. Tengo que cenar, ya nos veremos cuando llegue a madrid. Un beso.

Colgué el teléfono y acto seguido me derrumbé en el suelo. Pensativo, con los ojos como platos. Estaba impactado por lo que acababa de oír. No me lo podía creer. Había sido tan despreciable como para mentirme y decirme que él era quien le había dejado y era por mí.

Me levanté, lleno de furia y fui a la cama. Él ya se estaba despertando. Cuando llegué, terminó de abrir los ojos al ver qué había encendido la luz.

—Hola...

—Coge tus cosas y vete de aquí—le solté sin rodeos-

—¿Cómo?

—¡Que te vayas de aquí!—empecé a gritar—¡Ya lo sé todo! ¡Ya sé que eres un mentiroso y que me has engañado en todo otra vez!

Se quedó paralizado y su tez se volvió blanca.
—Leo, no es lo que piensas. Te lo puedo explicar.

—¡No, no puedes, vete ya!

Le tiré su ropa a la cara y mientras se vestía, seguía insistiendo en que le escuchase. Yo lo único que hice fue empujarle hasta la calle en cuanto se vistió y mis únicas palabras hacia él fueron que se largase de este pueblo y que no quería volverlo a ver nunca.

En cuanto se fue de mi morada y de mi vida y estaba ya sólo, empecé a llorar. Lastimado, toreado y ,lo que más me dolía, engañado de nuevo por él.







sábado, 3 de agosto de 2013

Vacaciones en el norte 14 "La piedra"

—¿Estás seguro de lo que has hecho?

—No lo sé, pero es lo que al final he hecho.

Cuando le conté a Mara la mañana siguiente que le dije a Roberto que se quedase, creyó que me había vuelto. Poco después me dijo que yo era libre de lo que hacía y de quien tendría que asumir consecuencias. Finalmente su mirada acabó convirtiéndose en una mezcolanza de pena y empatía.

—Le he dicho que venga a la barbacoa de hoy.

—Pero aquí no hay nadie que sepa que tú eres...
La miré con cara de extrañeza. Qué pasaba si se enteraban de que era homosexual. Al fin y al cabo, eso no iba a cambiar mi forma de ser.

—Leo, no me mires así. Estamos en un pueblo en medio de la nada. Ésto no es Madrid. Por mucho que tengan tu misma edad, no han dejado de criarse en un pueblo. La mayoría de ellos apenas han salido de aquí. Nunca sabes cómo puede reaccionar la gente, algunos puede que al principio no te quieran dirigir la palabra y otros que no quieran ni estar a tu lado.

—Tienes razón, pero ahora mismo Roberto y yo somos tan sólo amigos. No deben por qué saber nada.

—Sólo amigos, pero de momento.

—No me voy a liar con él y mucho menos delante de todo el mundo, ¿Vale?

—Vale, vale. ¡No te pongas así tigretón!

Me reí. Su postura parecía la de una persona que acababa de ser apuntada por un arma.

—Bueno, venga. Vamos ya al merendero que tengo que llevar el carbón para la barbacoa.

—Ve tú sola. Tengo que esperar a que venga Roberto.

—¿Cómo? ¿Me vas a dejar ir sóla? A ver si me van a hacer algo, que soy una muchacha de buen ver...—me miró con cara de perrito triste para darme pena.

—Anda, que él no conoce el pueblo. Tú te has criado aquí y la mayor amenaza que puedes tener es la de un viejo verde con poca fuerza para mantenerse en pie y menos para aprovecharse de una chica con tal mal genio como tú.

—Qué encantador eres cuando quieres—dijo con tono sarcástico—. Me voy ya, que Micael traía sardinas y el fuego tendrá que prepararse antes de que llegue.

—¿Viene Micael?

—Como siempre. Es muy raro, pero es muy majo y siempre sale con nosotros si ya lo sabes. Bueno me voy, ahora nos vemos.
Salió de casa y ni la saludé. Me quedé paralizado al oír su nombre. No sé lo que me pasaba con él aún. Nunca me había enamorado de un heterosexual ni nada así. Él tenía algo que me seguía resultando irresistible y cada vez lo era más. Obviamente, no estaba enamorado, pero era una sensación nueva que no sabría definir. No era sólo apetencia física, sino algo más que se quedaba parado en un punto, ya fuese por locura o por la poca cordura que me quedaba.

Sin darme cuenta y aún sumergido en mis pensamientos sin motivo de ser, Roberto llamó a la puerta.

—¿Qué haces así vestido?—le miré atónito. Vestía bermudas negras ceñidas, zapatos blancos y camisa beis.

—Lo primero que se suele decir al ver a alguien es Hola. ¿Qué pasa con cómo voy vestido?

—Vamos de barbacoa, te lo dije...

—Sí, pero yo no me voy a poner donde el fuego.

—Ya, pero vamos al campo a comer y tú te has puesto un modelito que se mancha con mirarlo.

—¿Vamos al campo?—me miró como si le hubiese dicho que el presidente había muerto— Creía que sería en algún chalet.
No me pude contener la risa. Cómo podía ser así. Allí sólo había pequeñas casas de adobe. No sé dónde creería que había algún chaletazo para fiestas. Ese despiste e incredulidad, me parecía tierno al venir de él.

—No pasa nada. Vámonos. Ya debe estar casi toda la gente allí.
Cuando llegamos, ya estaban allí todos a punto de comer, así que fue una presentación para muchos espectadores. Le presenté como un "amigo" que había venido de Madrid para pasar unos días.
Le miraron con cara de como si fuese un bicho raro. La verdad es que allí estaba totalmente fuera del cuadro con las pintas que llevaba.

La comida fue bien. Bastante desenfadada. Ya me había acostumbrado a hablar con esas caras y Roberto no tardó a empezar a familiarizarse en aquel ambiente. Él siempre fue el sociable de la relación.
—Micael, me gustan mucho las sardinas que has traído, están riquísimas.

—Gracias, Leo—me contestó desde el otro punto de la mesa.

Ese Gracias me sentó como una patada en el estómago. Era la típica respuesta para quedar bien. En toda la comida sólo me miró cuando llegamos Roberto y yo. Además, siempre me dedicaba una de sus sonrisas. A aquel Micael parecía pasarle algo.

—Me voy detrás de los árboles que me estoy meando—me dijo Roberto mientras se levantaba. Asentí al escucharle.
Por desgracia, la comida fue bien hasta que oímos un grito. Era de Roberto. Fuimos corriendo hasta que llegamos a verle. Se había tropezado con una piedra. Era lo más normal al ir en zapatos por allí. Se había hecho una herida en la pierna y le estaba sangrando, así como otra más pequeña que se había hecho en el brazo.

—Soy un torpe—soltó arrepentido cuando le vimos tirado en el suelo.

—Tranquilo—me ayudaron a levantarlo y le puse uno de sus brazos sobre mis hombros para que se apoyase.

Nos quisieron acompañar, pero les dije que no se preocupasen. Valdría con curarle la herida en mi casa y para eso no se necesitaba una banda de veinte personas.
Cuando llegamos al punto del merendero, vi a Micael de nuevo. No sé lo que le pasaría, pero era el único que no se había movido al oír el sonoro grito. Estaba preocupado por él.
No me paré. Roberto necesitaba un poco de relax después del golpetazo. Cuando antes estuviésemos en mi casa, antes estará tranquilo.

Obviamente, sólo le quería curar las heridas y nada más, o eso creía. En menos de diez minutos ya estábamos en mi morada.
Le eché agua oxigena en la pierna primero.
—¡Joder, no me eches eso, que pica!

—Anda calla quejica, que es agua oxigenada para desinfectarte las heridas—subí la cabeza y le sonreí. Él, aunque envuelto en su papel de tullido por una simple pupa, paró su interpretación para devolvérmela.

—Siempre has acabado cuidando de mí...

—Lo tenía que hacer alguien.

—Sí, pero lo hiciste tú.

No le contesté. Me limité a curarles las dos heridas y a ponerle una tirita en el brazo y una venda en la pierna. Cuando acabé, fue cuando volví a mirarle.
Estaba mirándome fijamente.

—Lo siento mucho, no te merecías lo que te hice.

—Roberto, déjalo ya, lo hecho está hecho y no hay que darle más vueltas.

Fui a levantarme del suelo cuando me cogió del brazo.
—Por favor, deja que lo demuestre.

Sin poder remediarlo, cuando quise darme cuenta me estaba besando. Continué el beso. Me tumbó en el sofá y empezamos a sentirnos, a besarnos, a sumirnos en nosotros mismos como los viejos tiempos.
Le necesitaba. Me odié a mi mismo por haber pensado más de una vez en repetir esos actos con él, pero en ese momento mi cohete había despegado y sólo quería sentir su desnudez y su placer sobre mi cuerpo.

jueves, 1 de agosto de 2013

Vacaciones en el norte 13 "Necesito pensar"

—¿Qué coño haces aquí?
Sin apenas salir del coche, empecé a gritarle, a inquirirle. No sé qué hacía en ese lugar, pero sobraba.

—Te lo puedo explicar. Estaba muy preocupado tras la llamada del otro día y además necesitaba verte.

—¿Verme? ¿A mí?—solté con los ojos inyectados en rabia y lágrimas.
Mara, al asimilar todo lo que había sucedido y deducir quién era aquel que esperaba con maletas en mi hogar estival, decidió meterse en medio.

—Mira, creo que tendrías que irte de aquí. Mañana sale un autobús para Oviedo por la tarde. Mi madre tiene un hostal en el pueblo, me encargaré de que te haga un buen precio.

Roberto la miró con cierta soberbia como si le pareciese que sobraba que ella le mandase lo que tenía que hacer. Pese a todo ello, no puso mucha resistencia para conseguir hablar conmigo.
—No necesito ningún autobús, vengo en coche—señaló un Volvo que había en la parte baja de la calle—, pero me iré allí a dormir. Estoy demasiado cansado para conducir. He visto el hostal al llegar al pueblo, no hace falta que me acompañes.

Levantó su maleta y se fue. Mientras, Mara y yo nos quedamos fijados en cómo se iba, esperando que se fuera y empezar a hablar.
—¿Qué hace aquí? ¿Cómo que te llamó?

Empecé a explicarla la llamada de hace unos días cuando estábamos en la playa. Cuando cogí ebrio ese teléfono que me hundió en la miseria y que no sabía que mi actitu tan pausada tuviese el efecto devastador de su visita.
Mara, absorta, se quedó conmigo para animarme y decirme que mañana Roberto ya estaría fuera de mi oasis asturiano. Quise creerla, pero aquella misma noche cuando dormía unos golpes me despertaron. Alguien estaba tirando chinas a la ventana de mi dormitorio. Fui a mirar y cómo no, era él quien estaba abajo.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—Sabes que yo no quiero. Lárgate a dormir y déjame en...

—Por favor, tengo que hablar contigo—me interrumpió—, baja y damos un paseo.

Medité un momento y ,sin quererlo del todo, bajé. Mi cabeza me decía que no bajase, pero como de costumbre escuché al idiota de mi corazón, que aún latía más rápido cuando él estaba cerca.
Fuimos dando un paseo por las adoquinadas calles de Tazones hasta llegar a la plaza del pueblo, vacía en esas horas intempestivas. Nos sentamos en un frío banco de piedra que tardó en calentarse tras sentarme y que casi me da una tiritera.

—Habla, ¿Qué me tienes que decir?

—Leo, he dejado a Fran....

—¿Cómo?—Me quedé sobresaltado.

—Sí, que lo he dejado. Ya no era igual y bueno...

—¿Bueno qué?

—Que le he dejado por ti, Leo.

Me convertí en un mudo. No podía ser que aquel que me había dejado por otro, ahora quisiese volver conmigo.

—No sé qué decir...—contesté tras unos minutos de silencio intenso.

—Lo entiendo. Quizás este viaje haya sido un error y sobre todo tras tantos meses. Mañana me iré y no te molestaré más.
Se levantó y empezó a andar.

—¡Roberto espera!

Se paró al escucharme.
—Quédate unos días más. Necesito pensar.

Se giró, me sonrió y sin decir nada más se fue.
Yo mientras, no sabía qué estaba haciendo, tan sólo lo que sentía en aquel instante.



martes, 11 de junio de 2013

Vacaciones en el norte 12 "Felicidad pasajera"

—¡Venga, vamos! ¡Tenemos que salir ya!

—Déjame que estoy muy agustito...

—¡Pues tú sabras, pero como no salgamos antes de las once, nos cobran otra noche!

—Vale, vale, ya me levanto—salí de un brinco de la cama. Me costó trabajo mantenerme en pie con el cansancio y todo lo que había bebido esa misma noche.

Nos vestimos rápido sin apenas parar. Mara era la única de los dos que hablaba y siempre era para meterme prisa. Después de todo, nos dio tiempo a vestirnos y salir de allí.
A las once menos cinco estábamos en recepción entregando las llaves.
—¿Qué tal la noche? ¿Ha sido de su gusto?—Nos dijo la recepcionista con la ceja derecha levantada. No podía ser, creía que eramos una pareja.

—Ah no, si no somos...

—¿Cómo que no?—me interrumpió Mara con un codazo en el costado—Cariño, ha sido perfecta, no mientas. Tienen una posada muy íntima—sonrió a la recepcionista.

—Vaya muchas gracias, me alegro de que nuestros servicios hayan sido de su gusto—le devolvió la sonrisa.

—Bueno cielo, vayámonos ya—dijo cogiéndome de la mano.

—Va... vale—tartamudeé.

En cuanto salimos por la puerta, nos empezamos a reir.

—¿Pero qué coño? ¿Qué se te ha pasado por la cabeza?

—No me culpes a mí, culpa a los hombres que no quieren pasar la vida conmigo y me obligan a montar estos espectáculos—se echó las manos a la cabeza de manera teatral.

—¡Puta loca!—me eché a reír

—Shhh, a callar. Vamos al coche.

Nos metimos en el coche. Tuvo que girar un buen rato la llave de contacto para que el coche arrancase. En cincos minutos ya etábamos en medio de la carretera, rodando y rodando por carreteras serpenteantes.

—Bueno, ahora cuéntame—giró durante un momento su cabeza hacia mí—, ¿Quién era el de ayer?

—¿Qué?—pregunté extrañado, pero acto seguido me dí cuenta a quién se refería—Vale, ya sé de qué hablas.

Se echó a reír, tuvo que parecerle graciosa la situación, supuse, pero a mí me resultó muy extraña.

—Y dime, ¿cómo se llamaba?

—Pues no lo sé...

—¿No lo sabes?—se volvió a girar—¿Pero qué tipo de pelandrusca se esconde detrás de ti, Leo?—soltó con malicia.

—Mira estaba fatal. No sé lo que hice, pero por algún motivo me fui corriendo hacia él cuando ya se iba y justo cuando ya iba a salir, nos besamos. Fue muy raro.

—Vaya... Pues sí que es raro—soltó con toda la naturalidad del mundo—. Personalmente, creo que el beso fue especial.

—¿Por qué?

—Porque desde que pasó eso, no has parado de sonreír ni un solo momento.

Tenía razón, me encontraba como nuevo por dentro. Como si mi espíritu hubiese renacido. ¿Desde cuándo podía hacer eso un beso? En mí era la primera vez que lo hacía.


—Ya estamos en casa—soltó Mara. Ya estábamos de vuelta en Tazones. Se acercó a mi casa. Para mi desgracia, allí había alguien que no me quería encontrar ni aquí ni en ningún sitio. Aquel que me dejó hundido en la miseria y se acabó yendo con otro: Roberto. Sólo con verle, mi sonrisa se cayó de mi cara y los problemas que quise abandonar volvieron a surgir.

domingo, 26 de mayo de 2013

Vacaciones en el norte(11) "Adán y Adán"


De las pocas cosas que no me gustaban de Asturias, se colocaban primer puesto sus carreteras. Eran curvas y curvas rodeando las montañas de los picos de Europa. Era terrorífico cada vez que veías a lo lejos aparecer por una curva a un coche. Parecía que se iba caer entre aquellos giros tan cerrados.

Para colmo, esa noche hacía un calor infernal. Estábamos Mara y yo en su coche, un Renault rojo de aquellos versión lata sin aire acondicionado ni nada parecido. Creía que no llegaba a Gijón vivo.

La gran idea de Mara era ir un bar de ambiente de Gijón. No estaba lejos, a tan sólo unos cuarenta kilómetros, pero las altas temperaturas, la falta de oxígeno y el mareo que me producían esas carreteras en zigzag me hacía arrepentirme de ese viaje.

A mí particularmente los bares de ambiente nunca me han gustado. Siempre que he ido a algún sitio de ésos y ver a tanto tío liándose sin conocerse me ha dado algo de repugnancia. Los seres humanos tenemos necesidades naturales como animales que somos, pero no es mi estilo desfogarme con alguien que no quiero, no conozco y a lo mejor ni me sé su nombre. Aunque no esté de moda, no me avergüenzo al decir que el sexo sin amor para mí no vale. Necesito querer a alguien para juntar nuestros sentimientos y nuestros cuerpos.

Pero Mara había insistido porque, según ella, yo lo que necesitaba era conocer a alguien. A lo mejor en eso tenía algo de razón. Tras Roberto no había conocido a nadies más y encima su llamada de hace unos días me había dejado bastante tocado.

—Ya estamos

—Por fin…—Exhalé al abrir la puerta de la coche intentando absorber todo el oxígeno que pudiese.

Me había puesto una camisa blanca, unos pantalones piratas y unas sandalias. Mara cuando me vio se horrorizó. Ella iba muy elegante con un vestido color vainilla, para mi gusto más para una boda que para irse de fiesta. Creía que no me iban a dejar pasar por ir como iba. Pero yo estaba seguro que lo harían: Un chico joven y guapo siempre se le deja entra en un bar de ambiente, aunque vaya en pijama.

Ya estábamos frente  a la discoteca, que en un rótulo de neón de color verde encima de la puerta ponía “Adán y Adán, Men’s bar”. Íbamos a entrar cuando un gorila, el doble de ancho y alto que yo, nos echó un vistazo. Se fijó detalladamente en cómo iba Mara y a mí ni me miró, hasta que nos dejó pasar.

—No lo entiendo, ¿por qué me ha mirado a mi y no a ti si vas hecho un adefesio?

Me limité a reír. Claramente, estaba acostumbrada a que ella la dejasen pasar de cualquier manera en los sitios. Pero no caía en que aquí quien interesaba era yo, no ella.

Justo cuando llegamos, una hilera de hombres me empezaron a mirar. Me sentía como un cacho de carne y no había tardado ni un minuto de cuando pasé.

—Vaya, vaya, si tienes audiencia ,Leo…
—Anda, anda vamos a algún sitio a sentarnos.

—¿Sentarnos? Ni de coña, nosotros vamos a bailar, capullo.

Me cogió y me metió en medio del gentío para bailar. En verdad, no bailaba nada mal. Lo malo es que no dejaban de intentar ligar conmigo. Cada poco tiempo nos interrumpía un tío para invitarme a una copa. Me entraron de todo tipo: Musculosos, gaymers, monos, guaperas, canis, emos, incluso un oso de cuarenta años que me dio bastante grima.

Con todos intentaba ser amable y la mayoría lo entendía y se daba la vuelta bastante rápidamente, pero a alguno le tuve que cortar tajantemente con un “Que te pires, feto”. Podía sonar cruel, pero la única manera de quitármelos de encima.

A Mara no le gustó mucho lo que estaba haciendo. En teoría, estábamos allí por mí. Afortunadamente, no le dio mucha importancia porque nos lo estábamos pasando genial.

Cada vez bailábamos peor, pero el alcohol fluía bastante rápido. No sé cuántas copas bebí esa noche porque perdí la cuenta.

—¡LEOOO!

—¿QUÉ?

—QUE ME VOY AL BAÑO

—¿QUÉEE??

—¡¡QUE ME VOY A MEAR!!

—AH, VALE

La verdad es que no entendí lo que me dijo, pero se fue dirección al baño. Yo estuve ahí bailando sólo entre la gente y música alta a punto de dar un traspiés en cualquier momento. Estaba mucho más bebido que aquel día de la playa.
De repente entró en mi campo visual la cara de un chico que me estaba mirando pero desde una distancia prudencial. Cuando le miré empezó a andar rápidamente.

—¡EH! ¡EH!—Le empecé a gritar, y salí corriendo a seguirle. No sé por qué, pero quería saber quién era y por qué me miraba.

Él sintió que le seguía y empezó a acelerar el paso. Iba de un lado para otro para ponérmelo difícil. Tenía que sortear personas y parejas para llegar a él. Finalmente, justo antes de que saliese del bar, le alcancé.

Le cogí del brazo como única manera que veía de pararle justo cuando estaba al lado de la salida. Fue entonces cuando se giró y aquel desconocido me besó. Me dejó paralizado y más atontado de lo que ya me había dejado el alcohol.

Aquel a quien perseguí y me regaló sus labios, pasó la puerta de salida sin decirme por qué huyó de mí y por qué al final hizo lo que hizo. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Vacaciones en el norte(10) "Zumo de tomate"


Me daba vueltas la cabeza. La noche pasada parecía demasiado lejana y no sabía cuánto tiempo pasaba desde que estaba ahí. Lo único que sabía era que estaba en mi cama llena de mi propio sudor y desnudo, excepto por calzoncillo bóxer que cubría mi entrepierna.
Estaba matado y dolorido. Tenía la sensación de que mi colchón estaba hecho de piedras. Estaba tan incómodo, que me levanté de la cama como pude.

Salí de la habitación y llegué al salón donde la presencia de alguien me sorprendió más de lo que debería haberlo hecho.

—¡AH!—Grité.
No podía ser cierto lo que veía mis ojos. En mi sofá estaba Micael dormido. No tenía ni idea de qué hacía allí y qué había podido pasar la noche anterior para esto. Di tal grito que el pobre despertó de un salto.

 —¿QUÉ PASA? ¿QUÉ PASA?—Balbuceaba exaltado.

—Perdón, perdón… es que me he asustado al verte. Creía que estaba sólo.

—Pues no, no lo estabas… ¿No te acuerdas de nada de anoche verdad?—Me dijo arqueando una ceja.

—Pues no, no me acuerdo, ¿Debería?

—Tal y como estabas sería difícil que cualquiera recordase algo.

—¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Por qué estás en mi casa?—Ya me estaba poniendo nervioso. No sabía qué hacía allí Micael y me estaba imaginando suceso muy erótico-festivos que podía haber pasado entre los dos.

—¿Yo? Si me debes una, encima. Ayer te emborrachaste hasta los límites y encima creo que le metieron un poco de hierbita a la shisha. Estabas fatal y bueno te alejaste un momento porque te llamaron al móvil y no sé por qué, pero te echaste a llorar en ese momento—Me miró a los ojos un momento como si buscase una explicación al porqué de mis lágrimas por esa llamada—. Pero bueno que te vi muy mal y te acompañé a casa. —Sentenció.

Entonces me acordé de todo, de la shisha con marihuana a traición, de todo el alcohol que bebí y sobre todo de la llamada de Roberto. Esa llamada me había desconcertado. No entendía que después de tantos meses tras dejarme tirado, quisiese volver conmigo. Pensar en ello dio aún más dolor a mi pobre cabeza, que ya estaba bien aquejada por la resaca.

Me empecé a tambalear, me dolía todo el cuerpo y no aguantaba más de pie. Parecía un árbol víctima de un viento feroz que intenta arrancarle de cuajo las ramas.
Micael fue a por mí y me llevó a que me sentase en el sofá.

—Venga ponte aquí que te voy a preparar un zumo de tomate, que es mano de santo para la resaca.

Tal fue mi expectación al verle en mi casa que no me había dado cuenta de que estaba en ropa interior. Llevaba unos slips blancos. La verdad es que se le notaba todo y no dejaba nada a la imaginación.
Tuve que coger un cojín, pues al parecer no eran sólo mis ojos a los que les había gustado tal escena.
El rato que estuve sólo en el salón no sabía qué hacer. Sentía que había mineros picando piedra dentro de mi cabeza. Maldita resaca, pensé.
Micael se dio bastante prisa en venir. Al parecer era bastante manitas con la cocina.

—Tómatelo entero.

—Pero es que no me gusta el tomate—Se me había quedado la cara agria al probarlo—, está asqueroso.

—Pues el tomate es buenísimo, además no es una verdura, es una fruta si te fijas en sus propiedades. Se le llama hortaliza porque siempre se ha cultivado en los huertos, pero realmente es parte de la familia de las fructosas. Así que venga, trágatelo que sino la resaca te va a durar dos días.

Me lo bebí a la fuerza. No me gustaba nada. A casi toda la gente que no le gusta la fruta, le suele gustar el tomate frito y el ketchup, o al menos el ketchup. Pero yo, como para todo, era único y no me gustaba absolutamente nada que llevase tomate, aunque fuese una salsa que tuviese más aditivos y colorantes que tomate.

—Más vale que se me pase.

—Ya verás que sí—Me dijo con una de sus perfectas sonrisas.

—Muchas gracias por hacerte cargo ayer de mí.

Se limitó a sonreírme al modo de un No-hay-de-qué.

Se había portado tan bien. O mejor dicho, se portaba tan bien conmigo siempre. Después de lo que le solté lo de sus escapadas misteriosas, no me guardaba ningún rencor. Me seguí sintiendo aún mal por ello. Pero él, con una ternura digna de estudio, lo había olvidado.

¡BRRRR! ¡BRRRRR!
—Ése es mi móvil.

—Pero si estamos en otra habitación, cómo se puede escuchar la vibración hasta aquí…—Dijo sorprendido. Mi Nokia del año de la tana sería muy viejo y muy desfasado, pero era más duro y tenía más fuerza que un toro.

Cogí el teléfono y me senté en mi cama, mientras Micael estaba allí con el café con leche que previamente se había preparado en mi cocina.

—Micael, me acabo de despertar, menudo pedo me pillé ayer, ¿Cómo estás?—Como no, era Mara.

—Pues cagándome en vosotros… ¿Cómo coño le echasteis maría a la cachimba? Si estuve todo el rato mirando.

Se intentó aguantar la risa, aunque a mí no me hacía ninguna gracia.
—Bueno, bueno, ya sabes, cada maestrillo tiene su truquillo.

—Sí, ya…

—Anda, no me seas idiota, que fue una broma. Además como compensación se me había ocurrido un plan especialmente hecho para ti para dentro de un par de días.

—¿Un plan para mí?—Solté con cierto sarcasmo.

—Que sí… ¿Te lo cuento o no?

—Venga, vale, soy todo oídos…

viernes, 26 de abril de 2013

Vacaciones en el norte (9) "Seis de agosto"

Ya era seis de agosto. Sin reparar en ello, ya había pasado un mes desde que estaba allí. Tazones había convertido mi hogar. Un hogar que a falta de familia, estaba lleno de amigos.
Las “reuniones” en la playa se habían multiplicado desde finales de julio. Ya todos estaban de vacaciones. Extrañamente, los días asturianos se estaban convirtiendo extremadamente calurosos. Le tendríamos que dar las gracias al cambio climático de aquel atípico tiempo que permitía nuestra vida se estuviese basando en barbacoas, juegos y botellones sobre la arena.

Desde lo que vimos, nuestra relación con Luz había cambiado. Le conté a Mara el encontronazo que tuve y lo que le dije. Le pareció bien y no habló con ella. La situación era muy fría. Menos mal que nos juntábamos los suficientes como para que se pudiese hablar con otras personas sin que se notase la tensión.

Cuando el sol ya caía empezamos a beber y a fuma de la cachimba de Mara. Allí también estaba Micael, tan atractivo y amable como siempre. Hoy la sisa me sabía diferente. A la quinta calada me comencé a sentir un poco mal.
—¡Hostia! ¡Qué raro me encuentro! ¿Qué coño le habéis metido a esto?

En vez de decirlo se echaron a reír. Le habían echado marihuana. Estaba demasiado ido y ellos también como para echarles la bronca. No me gustaban esas cosas y ellos lo sabían. Lo habían hecho con mala intención. Empecé a alucinar con todo lo que pensaba.
—Joder, ¿Qué sería antes el huevo o la gallina?—Se estuvo preguntando Mara.

—¡Pues el huevo!—Saltó Laura.

—¡Pues no, tuvo que ser la gallina!—Vociferé.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro?—Me preguntó.

—Joder, pues no lo sé…

Estuvimos así horas. Me entró un hambre atroz por la maría, por suerte teníamos chuches que no comimos, sino engullimos. De repente, sonó mi móvil cuatribanda. En cuanto lo saqué todos se empezaron a reír.

—¡Pero qué pepino!

—¡Joder! ¡Y yo creía que mi móvil era una mierda!

—¡Si eso no tiene ni cámara! ¡Vaya con el de la capital!

Les pedí silencio, quería contestar. No me hicieron caso, así que me alejé un poco, o más bien me arrastré a una zona menos ruidosa de la playa.

—¿Diga?—Pregunté. No sabía quién era, ni había mirado el nombre.

—¿Leo? ¿Estás bien?—Ésa voz la conocía demasiado. Se trataba de Roberto. Me quedé en blanco, estaba demasiado colocado como para enfrentarme a él.
—Leo, por favor, contesta…—dijo Roberto de nuevo tras mi silencio.

—Sí, sí. ¿Qué quieres?— Dije sin apenas fuerzas para hablar.

—No sé que quería hablar contigo desde hace un tiempo.

—¿De qué?

—De nosotros, Leo, de nosotros…

Me quedé paralizado, pero mi corazón seguía hablando  por mí. Sentía odio y rabia. No quería nada de él. Por qué me tenía que llamar y justo hoy. El único día de mi vida que había estado emporrado.

—Mira, que te jodan. O mejor dicho, que te joda tu novio.

Le colgué. La situación y mi situación me superaban, ya no podía más. Me derrumbé y rompí a llorar. A continuación, Micael vino a por mí. Me pregunté qué me pasaba, pero ni le contesté. Sólo había lágrimas.
Me llevó a mi casa y me dejó con mucho cuida en la cama donde en el instante de tocar el colchón, caí rendido en los brazos de Morfeo.

martes, 23 de abril de 2013

Vacaciones en el norte (8) "Mañana en la playa"

Esa mañana me apetecía ir solo a la playa. A nadar y desconectar. Deseaba que la sal del mar sobre mi cuerpo absorbiese los malos recuerdos que hacía un día había vuelto a relucir. Aún era pronto. Todavía sentía que era pronto para hablar de las cosas con total naturalidad. Para hablar de él como si fuese un mero apartado de mi vida.

El agua del cantábrico estaba helada. Eso me resultaba indiferente. Era de aquellos urbanitas de secano que pensaban que por una vez al año que tenía cerca la playa, tenía que zambullirme en el mar, aunque éste tuviese placas de hielo. Por suerte no había oleaje y se podía nadar con completa tranquilidad. Nadaba hasta donde dejaba de hacer pie y me volvía a alguna zona donde tocase la arena.

Hacía un buen día, pero en la playa no había ningún alma, excepto la mía. Por otra parte, era lógico. Eran tan sólo las nueve de la mañana.
En una zona del levante a estas horas ya habría abuelillos colocando las sombrillas para coger aparcamiento en el posterior hacinamiento de cuerpos sobre la arena. Pero éso no era levante. Allí las cosas funcionaban de manera muy distinta. La vida era más tranquila. No tenían prisa para hacer las cosas, pero tampoco pausa. Era gente serena que sacaba tiempo para todo, pero sin sustituir nada por sus funciones diarias.

En el mar, siempre se me ralentizaba el tiempo. No sabía si habían pasado tres horas, como creía, o tan sólo cuarenta minutos, que era el tiempo que realmente había pasado. Las yemas de mis dedos empezaban a estar rugosos. Eso era señal de que al menos ya llevaba un cuarto de hora.

La soledad completa ,de la que realmente estaba disfrutando, finalmente se vio interrumpida. Vi a un recién llegado a la arena. Era un chico, o eso me parecía. Sin las lentillas mi miopía no me permitía enfocarle. De repente aquel que estaba viendo, se fijó en mí y me saludó. Por pura cortesía, le devolví el saludo. Quien fuese, al parecer, me conocía. Pero seguía desconociendo quién era.

Se descalzó y se quitó la camiseta, quedándose en bañador, el cual estaba sirviéndole también de pantalón. Sin importarle lo frío que podría estar el agua, se zambulló en el mar. Fue nadando hacia mí. Cuanto más se acercaba, podía definir mejor su  rostro, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para reconocerlo. Era Micael.

Hacía mucho tiempo que no coincidíamos. Desde esa conversación en esa misma playa, no  habíamos hablado. Habíamos coincido en el pueblo, o habíamos estado con más gente. A lo mejor habíamos intercambiado algún saludo o algunas palabras, pero nada más.

—¡Leo! ¿Qué haces aquí?—Preguntó mientras se acercaba donde estaba.

—¿Qué pasa que aquí sólo te puedes bañar tú?—Contesté, intentando hacerme el ofendido a modo de gracia.

—¡Eh, eh! Que lo preguntaba porque me parece raro verte aquí tan pronto.

—Es que hacía buen día y como me he despertado pronto, no tenía nada mejor que hacer.

—Qué suerte. Yo suelo venir muchos días a esta hora. Acabo de venir del barco con mi tío y ya apenas tenemos jaleo.

—Vaya… ¿Qué cansado no?

—Sí, pero ya sabes, es lo que me ha tocado—Se resignó.

—Entiendo…

Brevemente cambió de tema como si le fuese la vida en ello. Creo que tenía demasiadas cargas y no le gustaba recordarlas a cada instante.

—Bueno, cuéntame. ¿Ha caído ya alguna chica?

—Jajajajaja , no—Me reí, intentando o al menos deseando que la conversación se desviase de rumbo.

—Vaya, eso sí que me parece raro. Un chico nuevo y de ciudad siempre resulta algo atractivo.

En realidad, él tenía mucha razón y así les tendría que resultar a las chicas de allí. Me habían tirado bastante los tejos. Pero las evitaba de manera descarada a todo aquella que lo hiciese. Si hubiese estado Roberto, ya todos sabrían que era gay. Pero no era así y estaba sólo. Así que prefería que nadie, excepto Mara lo supiese. Era gente simpática, pero estaba seguro de que nunca habían conocido a alguien como yo y ,la verdad, desconocía completamente cuál podría ser su reacción.

—Bueno, ya sabes, no siempre es todo tal y como pensamos—Sentencié.

—Así es la vida, dicen—Me sonrió.

—¿Y tú?—Le pregunté, sabía lo de la chica con la que estuvo, la llorona. Quien se largó del pueblo cuando él la dejó.

—Tampoco es que tenga mucha suerte—Rió.

—No me lo creo—Le rebatí—. Ya he visto cómo te miran las chicas y no son miradas de simple amistad.

—Vale me has pillado—Volvió a reír—. Estoy demasiado ocupado con el trabajo.

—Ya, ya… ¿Y tus salidas del pueblo de días?—Le solté de una manera demasiado directa. No lo tendría que haber hecho, porque ya sabía que me habían hablado de él.

—Bueno, creo que eso a ti no te importa—Me dictó tajantemente.

—Sí tienes razón, lo siento. —Paré de nadar. Me había pasado y no tenía motivo para ello. Me sentí fatal. Él me había tratado siempre genial y parecía ser una persona.

—Tranquilo, tranquilo. Perdóname. No debería haber tenido esa reacción. Soy un poco tonto—Me sonrió y le devolví la sonrisa.

Me pareció muy extraña su reacción, pero me había pasado con él. Afortunadamente, creo que vio que mis palabras no poseían ningún tipo de maldad.

—Voy a tenerme que volver al  trabajo, ya se me hace tarde—dijo mirando al reloj,

—Yo también voy a salir a tomar un poco el sol.

Salimos ambos del agua. Yo me tiré en mi toalla. Él, todavía empapado, se puso la camiseta y las sandalias.

—Hasta luego Leo. Ya nos veremos—Me mostró otra de sus sonrisas y se fue corriendo.

—Había algo en él que me gustaba mucho.

Me resultaba extremadamente atrayente. Pero al mismo tiempo me tenía que decir “Leo, para el carro y deja de fantasear”. Al final me limitaba a pensar que era una persona que a cualquiera, tan sólo por su personalidad, le tendría que resultar interesante.


domingo, 21 de abril de 2013

Vacaciones en el norte (7) "La verdadera razón"

Hubo muchos días en los que Mara estuvo pensando en qué hacer. Si decirle todo a Elisa o simplemente callarse. Al final la convencí de que ella intentase actuar por un tiempo, que aquellas cosas se acababan sabiendo, tardase más tiempo o no.

—Mara, confía en mí, al final se enterará.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?—Me rebatió— Si ha sido capaz de engañarla durante quién sabe desde cuándo, nada viene a decir que ahora se vaya a sincerar con ella.

—Pero habrá rumores, porque al final se enterará el resto de gente y finalmente ella se enterará.

—Pero no tiene por qué pasar. No todo se sabe al final.

—Sí, sí que se sabe—Sentencié. Le arrebaté la mirada, estaba recordando cosas que intentaba por todos los medios olvidar.

—Leo, ¿Qué te pasa?—Se inclinó hacia mí. Estaba descubriendo en una reacción miles de sentimientos escondidos que albergaba dentro.

No la contesté. Me encontraba demasiado frágil y dañado como para poder contestarla. Simplemente fijé mis ojos en una baldosa del suelo.

—Creo que ya va siendo hora de que dejes de mostrarte huidizo conmigo cuando te pregunto por qué estás aquí. No es normal que un chico  de diecinueve años de Madrid se compre una casa en un pueblo perdido…

—Fue por una herencia…—La interrumpí.

—Sí, lo sé, me lo has contado, pero no quiere saber cómo la pagaste. Ya sé eso y no tienes pinta de pasar droga, si ni le has dado una calada a un porro en las quedadas de la playa. Lo que quiero saber es qué motivo es el verdadero para que tú quisieses llegar a aquí. No soy tonta y no eres un amante de la naturaleza, la razón de que estés aquí no la sé, pero creo que me la tienes que contar.

De repente su mirada me punzaba la cabeza. Mantuve el silencio un rato, reorganizando ideas para explicarle todo lo que debería contar.
Tomé un respiro y finalmente me dispuse a hablar.

—Verás, Mara…—Comencé—Estuve saliendo con un chico, se llamaba Roberto. Salimos juntos dos años. La verdad es que todo iba genial, nos queríamos y éramos uña y carne. Pero un día empezó a mostrarse más lejano conmigo. Al principio no le di importancia. Llevábamos mucho tiempo juntos y me parecía normal que a veces pudiese estar menos comunicativo. Pero la distancia se alargó cada vez más. No sabía lo que pasaba. Me sentía sólo y prefería no contárselo a nadie. Tenía la sensación de que si lo hacía, mi pesadilla se convertiría en lo que realmente era. Al final veía que la gente hablaba hablaba a mis espaldas y ya sí que empecé a preocuparme de verdad. Escuchaba cosas espantosas, así que acabé hablando con Roberto. Le pregunté que le pasaba y no tardó en contestarme: Estaba con otro. Me dijo que no sabía cómo decírmelo, pero que le quería a él y que a mí ya tan sólo me veía como un amigo. Rompí a llorar y le di una torta. Me largué corriendo y no le volví a ver.

Las lágrimas, contenidas en mis párpados, comenzaron a rebosar mis mejillas. Había sufrido tanto y callado aún más que intentaba sobreponerme siempre, pero cuando hablaba de lo que pasó, era inevitable que me pusiese así.

—Cariño…—Me abrazó Mara, intentando consolarme— ¿Entonces por eso te compraste esta casa? ¿Para huir?

—Al final me ha servido para eso, pero en un principio la compré cuando los dos seguíamos juntos. Para tener un lugar donde pudiésemos estar los dos juntos. Un lugar de escapada para verano y los fines de semana.

—Vaya… Pero mira, no me seas tonto si al final estás teniendo un verano buenísimo conmigo idiota—Me puso una sonrisa burlona y al final me reí.

—En eso tienes razón, me ha ayudado mucho conocerte.

Me sonrió bondadosamente. Le gustó mucho que viese en ella a una amiga de las que valen la pena.

—Pues mira, ya que me has contado eso, te voy a contar yo una de mis desventuras.

Abrí los ojos, totalmente repuesto, interesado por lo que ahora me pudiese decir.

—Empiezo—Carraspeó—. Hace muchos años cuando tenía unos dieciocho años, estaba viviendo en París. Y allí conocí a François, quien fue al final mi novio. Mi primer novio—Remarcó—. Estaríamos un año saliendo y bueno, al final me dijo que no sentía lo mismo que antes y me dejó.

—Vaya… ¿Y ya está?

—No, no, espera—Me interrumpió—, que aún no he acabado. Poco después me llamó, llorándome, creyendo que no me quería, pero que realmente sí lo hacía. Me pidió volver, me lo pensé. Sé que no debería haber vuelto, pero a quién voy a engañar, seguía enamorada.

—¿Y luego qué pasó?

—Pues que estuvimos dos semanas más juntos, fuimos a Eurodisney y todo, pero acabamos dejándolo. Le dije un día mil cosas bonitas y él no sabía qué contestarme. Él se sintió mal por no decirme todo aquello que él sentía por mí. A parte de eso, teníamos muchos problemas sin solucionar, así que me pidió un tiempo. Le dije que no porque ya prefería olvidarle antes de estar así continuamente. Justo un día después de dejarlo le vi tonteando con una chica en Laissè, una red social francesa, la chica se llamaba Judith. Le pedí explicaciones y me dijo que él no me quería guardar luto, pero yo no pedía eso, simplemente me parecía pronto como para ver ya quisiese estar con otra.

—¡Menudo hijo de puta!—Salté asombrado.

—Ni que lo digas… A esa chica él no lo conocía de nada, pero la tenía como amiga en Laissè. Yo lo sabía porque vi días antes que la tenía como nueva amiga. Me callé porque no quería parecer celosa y a veces lo era bastante con él—Reconoció—. Tras eso, acabé perdonándolo, aunque no le volví a ver, se lo dije por teléfono. Cuando ya había pasado más de medio año, ya no le quería. Recordaba lo bonito, pero nada más. En ese momento uní cabos. Y entonces me di cuenta que quería un tiempo para irse con la tal Judith y si le iba mal la cosa con ella, poder volver conmigo.

—Será desgraciado… ¿Y supiste algo más de él?

—Pues al principio de la ruptura hablábamos, pero al final no, era demasiado irrisorio que encima al final acabásemos siendo amigos. Sé que a la tal Judith la invitó a cenar, pero no pasó nada. Ella no quiso nada con él, así que se convirtió en un verdadero pagafantas. Lo último que supe de él fue que conoció a una chica en una fiesta, la llevó a su casa y el día siguiente cuando se despertó, ella ya no estaba. Al parecer le desvalijó la casa y encima le pegó la gonorrea.

Comencé a reírme a carcajadas. Acabé llorando, pero ahora por la risa. Mara también empezó a reír conmigo.

—Sabía que así conseguiría que volvieses a ser el Leo que tanto me gusta. No estés triste por lo que te hicieron, porque nadie merece que lo estés. Y si aún así lo estás, recuerda que al final le olvidarás y lo único que harás será reírte de lo tonto que eras y aún más de lo que fue él. Todo pasa, aunque creamos que no es así, te prometo que todo acaba pasando.

Me tiré hacia ella. Necesitaba abrazarla.
—Gracias Mara—Levanté mi cabeza para decírselo.

Ella continuó el abrazo. Se había convertido en un tiempo récord la mejor amiga que había tenido. No por lo que hacía, ni por lo que decía, sino porque simplemente estaba ahí.


jueves, 13 de septiembre de 2012

Vacaciones en el norte (6) "Directo"

Por la mañana parecía que todo había oscurecido. Fui a ver a Mara, que la dejé durmiendo en mi cama mientras que yo dormí en el sofá. Estaba despierta con la cara llorosa, se notaba que había dormido muy poco tras lo que había visto el día anterior. Seguimos sin salir durante todo el día, estaba muchísimo peor que ayer, parecía que la escena de Luz con el prometido de una de sus mejores amigas cada vez ahondaba más en ella sin dejarla apenas pensar.
Yo no sabía qué hacer. Estaba mal y lógicamente no la iba a dejar sola, pero sabía que tenía que intentar sacarla de allí. Aunque por otro lado era una locura, en un pueblo tan pequeño te encuentras a todo el mundo, era inevitable que viese a Luz, a Erio o a Elisa, o incluso peor y ver a Elisa y Erio juntos, mientras ella caminaría felizmente enamorada con su prometido sin saber que el hombre en el que tanto confia es tan sólo un canalla mujeriego.De tantas ideas que venían a mi cabeza al final opté por dejar que ella fuese quien me dijese lo que quisiese hacer. Como era de esperar no quiso salir en todo el día.


En esa casa había unas cartas que nos sirvió para hacer algo que no fuese hablar acerca del tema. Puse en el reproductor el vinilo de Light me up de The Pretty Reckless, el cual me lo compré intencionadamente en Madrid para escucharlo allí. No sé a cuántos juegos de cartas diferentes pudimos jugar esa tarde, llegó un momento en el que perdí la cuenta.
En un momento de esa mañana-tarde-casi noche escuché el típico tono estridente de la melodía de Nokia, no había duda de que era mi móvil, así que me levanté a cogerlo. -¡No mires mis cartas que estoy atento! Le dije a Mara y ella me volvío a dar una de esas sonrisas de preocupación disfrazada con alegría.
-¿Sí? Contesté al teléfono. -Hola Leo, soy Gabi ¿Qué tal las vacaciones?, no sabemos nada de ti. -Hola Gabi, pues aquí estoy en Asturias, bastante bien, el tiempo es raro, pero por lo demás todo está genial. -No te entiendo, te has ido de vacaciones con tus padres, no te conectas a WhatsApp y te lo estás pasando bien ¿Hay algún chico por ahí? ¡Pillín! -¡No! Bueno ya me gustaría, simplemente me estoy tomando las cosas tranquilamente. Casi se me olvida la mentira que les dije a mis amigos de que se trataban de unas vacaciones familiares y a mi familia de que eran unas vacaciones con amigos para ahorrarme dar explicaciones de por qué me iba solo. -Sí, tómate las cosas tranquilamente ahora que puedes. -¿Pasa algo? Pregunté con preocupación. -Sí, pero nada importante, bueno o sí, depende de cómo lo mires, pero no pasa nada, cuando vuelvas a Madrid te contaré todo, ahora disfruta de lo que te quedan de vacaciones. -Vale, ya me contarás, un abrazo,cuídate. Y colgué, preguntándome en todo lo que me tendría que contar, aunque realmente me hacía una idea y provocaba en mí que tuviese aún menos ganas de volver.


Volví otra vez a la mesa redonda azul que había a un lado del salón, donde estaba Mara esperándome para continuar la partida. -Bueno acabamos esta partida y me voy a casa, que quiero descansar en mi cama. Me dijo ella secamente, seguía igual de apagada, ya no sabía qué hacer para animarla. Así que acabamos la partida y la acompañé. Realmente el hostal, donde también vivía su familia además de ser dueños estaba a un minuto de mi casa, pero tenía la sensación que hasta esos pocos pasos en su estado de ánimo se convertían en un mundo para ella. Sabía que ella hiciese lo que hiciese al final, no le iba a resultar fácil porque si se callaba sabía que Elisa sería infeliz con alguien que realmente no le amaba, pero si le contaba a ella todo sabía que Elisa y Luz no volverían a ser amigas en la vida y nada volvería a ser lo mismo.
Tras acompañarla me encontré en la calle a una de esas personas que Mara no debería ver por miedo a la reacción que tendría, esa persona era Luz. -¡Leo! ¿Dónde te has metido hoy? no estabas en la playa y habíamos quedado todos hoy. -Ya, no estaba porque estaba con Mara, no se encontraba bien. -¿Y éso? ¿Qué la ha pasado? -Pues que ver a una amiga follando con el prometido de otra no le ha sentado muy bien. Cuando la dije eso se quedó paralizada con los ojos totalmente abiertos. -¿Cómo nos visteis? Pero si estábamos sólos. -Sí, pero empezó a llover y nos metimos al granero a resguardarnos, yo no os ví, pero ella sí y está muy afectada, no sabe qué hacer. -Vale Leo, piensa lo que quieras de mí, pero yo no lo hice en contra de Elisa, es mi amiga y la quiero, pero él no la quiere, Erio quiere estar conmigo. Al oír eso no pude evitar reírme. -Sí, por supuesto te quiere muchísimo, se ha prometido con su novia y no la ha dejado, si alguien ama a otra persona lo deja con quien está antes, no os quiere a ninguna de las dos tan sólo aprovecha la situación. -No es verdad, él me quiere mucho, me ama. Dijo con las venas del cuello marcadas y a punto de llorar. -Luz, tú sabes lo que tienes que hacer, sabes lo que es lo correcto, no te voy a juzgar, nadie te puede juzgar excepto tú a ti misma.
Me dí la vuelta y regresé a mi casa, no sería quien para decirle lo que le había dicho, pero mis impulsos me vencieron y las palabras salieron de mi boca como si nada.
No volví a hablar con Luz acerca del tema, creo que ya dije demasiado y no era el más adecuado para decírselo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Vacaciones en el norte (5) "Lluvia"

Hoy era uno de esos días en los que odiaba Asturias. Estaba jugando a las cartas con Mara cuando empezó a caer grandes gotas de agua del cielo. Apenas nos dió tiempo a recoger las cartas e irnos, pasó de ser una tarde soleada a otra totalmente lúgubre.Nos escondimos en un granero, que era el sitio más cercano para resguardarnos. Fuimos corriendo allí, pero de poco sirvió, ya estábamos empapados.
-¡Las cartas no se han mojado! Dije mientras las tiraba al suelo y me goteaba hasta la punta de la nariz. Mara empezó a reírse y yo la seguí, nuestra huída de la lluvia fue extremadamente cómica como para no hacerlo. Fue en ese momento en el que los dos nos callamos, estábamos oyendo unos ruidos dentro del granero, parecían provenir de detrás de un montón de paja que había a nuestra izquierda. Eran gritos y risas de un hombre y una mujer. No tardamos en mirarnos a la cara sorprendidos, no quedaba duda de que al lado había una pareja practicando sexo.
Le hice un gesto a Mara para que nos marchásemos cuanto antes de allí, en cualquier momento podrían salir y no tenía ganas de encontrarme con tal panorama, pero ella sí parecía interés por saber quién estaba al otro lado, así que se acercó sigilosamente a la zona de donde venían todos esos peculiares gemidos. Subió un par de montones de paja que estaban colocados a distintas alturas y asomó un poco la cabeza para ver a las dos personas que estaban allí. Por suerte, estaban a lo suyo y pudo mirar sin que se diesen cuenta de que no estaban sólos.
Tras mirar y bajar de los montones de paja, pude ver su cara, estaba totalmente blanca y parecía que lo que acababa de ver no había sido algo agradable. A continuación salimos del granero y fuimos a mi casa en silencio mientras la lluvia ,aún presente, nos volvía a mojar.


Ya en casa saqué unas toallas para secarnos e hice un poco de chocolate caliente. Mara se sentó en un pequeño sofá verde que había en el salón y allí se quedó pensativa, sin musitar una palabra hasta que aparecí llevando en una bandeja dos tazas de chocolate y unas pastas. -¿Qué pasa Mara? Ya me puedes decir quienes estaban follando, sean quienes sean. Ella me miró a los ojos y rompió a llorar, pero se intentó reponer y me empezó a contar. -Quienes estaban en el granero eran Erio y Luz. -Si Erio estaba prometido con Elisa... vale, mierda. Me quedé impresionado, Elisa y Erio era una pareja que desprendían mucho amor y hace poco que se habían prometido.
-¿Y ahora qué hago yo? Elisa es mi amiga y no quiero que se case con un canalla así, pero Luz también lo es y aunque haya hecho éso no deja de serlo. -Ahora tranquilizate ¿Sabes lo que vamos a hacer? Te vas a quedar a dormir y nos vamos a poner a ver comedias románticas malas con una gran artillería de palomitas. Ella me sonrió debilmente en forma de asentimiento. Estaba muy afectada, era la típica situación de la que te gustaría enterarte el último. Fui a preparar las palomitas, pero ví que no quedaba ni un mísero sobre de ellas, así que avisé a Mara de que salía y bajé al ultramarinos antes de que cerrasen.


Ya en la pequeña tienda me encontré a Micael, llevaba una cesta de compra con muchas cosas. -¡Leo! ¿Cómo va todo? Me saludó con la mano mientras se acercaba a mí. -Hola Micael, pues aquí comprando unas palomitas para ver una peli, que con la lluvia no se puede hacer otra cosa. -Ya, es lo que odio de este pueblo, su clima paranoico, bueno me tengo que ir ya, con la lluvia no me gusta conducir de noche, ya quedaremos cuando vuelva. -Vale, estupendo, que te lo pases bien y ten cuidado. -Gracias, lo tendré. Se fue a pagar y salió rápidamente de la tienda. Cada vez me parecía más atractivo, pero por desgracia igual de heterosexual y por lo tanto igual de inalcanzable.

Compré un paquete de palomitas de mantequilla y volví a casa. Vimos tres comedias francesas. No me gustaba el cine europeo, pero en lo que se refiere a películas de humor los franceses tienen un humor mucho más parecido al nuestro. Ésa noche pensé dónde iría Micael, no me lo había dicho. Era tan sumamente misterioso, que mi interés en qué haría esos días apartó de mi cabeza los cuernos que le habían puesto a la pobre Elisa.

jueves, 16 de agosto de 2012

Vacaciones en el norte (4) "La llorona"

Mara y Luz, una de las chicas que estuvieron en la fiesta de la playa, decidieron hacer una excursión al bosque. Yo quería quedarme en mi casa, necesitaba limpiar y lavar alguna ropa, pero Mara no me dejó que hiciese nada y me sacó ese día de casa bien temprano. Yo me equipé con una mochila de excursión, unas botas para andar, una camiseta, un pantalón de expedición y un palo plegable de plástico que llevaba colgado de la mochila.
Quedamos a las diez de la mañana en la plaza del pueblo. Ellas iban normal, como casi siempre estaban, lo único que las diferenciaba era una pequeña mochila que portaba cada una en sus espaldas. Cuando me vieron primero intentaron contener la risa, pero al final ambas se miraron y sus carcajadas no pudieron parar. -¿Dónde vas así? ¡Que no vamos a la selva! Anda que quien te vea con esas pintas, parece que es la primera vez que vas al campo. Dijo Mara y estuve por decirle que lo más parecido a campo donde había ido en mi vida fue a un camping de Cuenca, pero me callé, ya tenía el cachondeo asegurado con mi atuendo de "Frank de la jungla" versión queer.

Nos empezamos a meter por ese bosque verde, lleno de hayas y recubierto por ese verde asturiano que no muere ni en verano. Cada cosa que veía allí parecía más relajante y  mágico, hierba silvestre que parecía estar recién cortada, flores de una diversidad de colores increíbles o pequeños animales que marchaban por toda esa vegetación. Estuvimos andando muchas horas sin parar. Me sentía pesado no sólo por todo el equipaje que me había llevado innecesariamente, sino también por el enorme cansancio de la caminata.

Finalmente nos paramos a comer. Mientras andábamos me contaron la vida de la mitad de los del pueblo y que como buen pueblo que se precie todos eran primos. Yo estuve muy callado durante todo el trayecto, pero al final pregunté por lo que me interesaba. -¿Y cómo es Micael? Parece un chico muy independiente. -La historia de Micael es muy larga, querido. Me contestó Mara y siguió explicándome Luz que parecía ser quien le conocía más. -Micael siempre ha sido el diferente de nosotros, cuando tenía trece años su padre murió, su madre no tenía trabajo y tenía una hermana pequeña, afortunadamente su tío les pudo ayudar a subsistir. Pero su madre se sintió en deuda con él, por lo que a los dieciseis años Micael empezó a trabajar en la mar con su tío y desde entonces él es quien mantiene a la familia.
-Hay una cosa que no entiendo ¿Por qué no se puso a trabajar su madre? Pregunté con gesto de incredulidad, como si hubiese sido una vía muy fácil la que yo había presentado. -En este pueblo hay gente muy cerrada que sigue creyendo en que si su marido muere tienen que estar varios años de luto o lo que es lo mismo estar como una idiota no haciendo nada y sin apenas salir de casa, mis padres le ofrecieron un empleo como cocinera pero lo rechazó. Me quedé sorprendido al escuchar éso, no sabía que en España en pleno siglo XXI quedasen personas tan chapadas a la antigua.
Seguidamente continuó hablando Luz con cierto aire de pena. -Lo peor es que él era el mejor estudiante de la escuela, tenía mucho talento y era muy inteligente, era el único que tenía lo necesario como para triunfar como nadie de aquí lo había hecho nunca. -Él se quiere ir de aquí, cada vez que tiene un par de días coge el coche y se va, si no se ha largado ya definitivamente es por su hermana, a su madre la odia, nunca le ha perdonado que no le permitiese seguir estudiando. Dijo Mara.
-¿Y él no ha tenido ninguna novia? Pregunté sin saber si la pregunta era adecuada, pero me acordé de la chica que el otro día en la playa estuvo intentando ligar con  él. -Tuvo sólo una novia, "La llorona". -¿"La llorona"? -Sí, una chica con la que salió hace dos años, estuvieron varios meses juntos, pero un día él la dejó y ella fue corriendo llorando por todo el pueblo, lo malo es que también se la oía llorar desde su casa, estuvo así una semana y finalmente se fue del pueblo, sin saber nadie cómo fue capaz Micael de hacerla tanto daño dejándola. Después todas las chicas del pueblo hemos estado detrás de él en algún momento, pero ha pasado de todas nosotras, lo cual es una pena porque es el chico perfecto.

Me quedé asombrado con la historia, pero dejamos de hablar de ello y empezamos a recoger. Teníamos que andar todo lo que habíamos andado hasta allí antes de que anocheciese. Tras esa conversación me llamó incluso más la atención Micael, preguntándome qué le pasaría por la cabeza a alguien al que tantas patadas le había dado la vida.

domingo, 12 de agosto de 2012

Vacaciones en el norte (3) "Trasgos"


Ya llevaba tres días allí y no conocía a nadie excepto a Mara, sus padres y algunos vecinos. Pero hoy iba a ser diferente, tendríamos fiesta. Era sábado y toda la gente joven del pueblo se reuniría en la playa para pasárselo bien, ya que durante los días normales la mayoría trabajaba en el puerto o fuera del pueblo y no tenían tiempo para relacionarse con el resto. Quedamos a las diez de la noche, iba con Mara porque era quien me había invitado y a la única persona que realmente conocía.

Cuando llegamos nos encontramos con un grupo de chicos y chicas de unas doce personas. Estaban sentados en la arena mientras escuchaban música con el móvil y hablaban entre ellos. En cuanto nos vieron en la lejanía empezaron a saludarnos y entonces me fijé en alguien que había visto ya anteriormente, el chico del que me fijé el primer día. -¿Ése no es..? -Sí, lo es. Me contestó Mara mientras llegábamos al círculo que formaba el grupo.
-Bueno gente os presento, él es Leo, es un poco tímido pero muy majo. Todos me saludaron en el momento. Por su mayoría parecía gente simpática, pero los chicos en su práctica totalidad parecían bastante brutos. Todos menos Micael el chico moreno de ojos verdes que ví el primer día. Era muy guapo y atractivo. Y una de las chicas estaba riéndole todo lo que decía e intentaba coquetear con él. Él sonreía como si estuviese halagado y nada más, pasando un poco de la chica, la cual no se rendía y estaba continuamente mirandole y sonriéndole.
Después jugaron al "Yo nunca" con chupitos de Vodka, yo no bebí, nunca me ha gustado emborracharme la primera vez que quedo con mucha gente que no conozco. Lo bueno de haber estado sobrio toda la noche fue lo que me podía reír de los demás y de las tonterías que decían y hacían mientras estaban embriagados por el alcohol. Uno de los chicos incluso se desnudó y se metío en el agua, aunque la escena me dió mucho asco porque a era el más feo, gordo y peludo de todos ellos.

La verdad es que había momentos en los que me sentía apartado, era el nuevo y muchaas veces no sabía qué decir. -Vaya panda de borrachos están hechos, no saben beber. Era Micael, estaba hablando conmigo, no me lo podía creer. -Si tú también has jugado ¿Cómo que no estás bebido? -¿Tú crees que yo he bebido mucho? Entonces caí en que realmente sólo se había tomado un par de tragos y ya está.
Eran las tres de la mañana y me empezó a contar cómo eran todos los que se habían juntado en la playa. Él despotricaba de esas parejas, estaban toda la vida juntos, pero decía que él no quería nada que le aferrase a ese pueblo y que esperaba poder algún día irse de allí. Le entendí perfectamente, la verdad es que yo también necesité irme una temporada de Madrid porque me ahogaba y supuse que la rutina de un pueblo tan pequeño tenía que agobiarte mil veces más. Él trabajaba en el puerto como pescador, ayudando en la mar a su tío. Éso fue lo único que me contó de él, pero curiosamente no me preguntó nada sobre mí, lo cual agradecí.
Además me contó la historia del trasgo, una especie de duende, que según los mitos hacía trastadas en las casas como cambiar las cosas de sitio o poner nervioso al ganado. Pero me dijo que no tuviese miedo si en mi casa notaba que había uno, ya que no eran malos, tan sólo un tanto traviesos. No soy la típica persona que cree en seres mitológicos o hechos sobrenaturales, pero esa vez fuese por lo convencido que él hablaba o la confianza que me daba, lo único que quería en ese momento era ver a uno de esos trasgos, aunque tan sólo fuese en sueños.

viernes, 10 de agosto de 2012

Vacaciones en el norte (2) "Babiecu"

La mañana llegó antes de lo que yo hubiese querido, las voces de unas señoras ,que se pusieron justo debajo de mi ventana a hablar, me levantaron. Así que fui a la cocina a prepararme un café, justo cuando me doy cuenta de que había comprado todo lo básico menos una maldita cafetera. Por lo que me preparé para salir a la calle en busca de mi desayuno mientras blasfemaba para mis adentros tanto mi desliz en no haber comprado el electrodoméstico que más usaba como a las dos viejas que me habían despertado. Entré en la taberna del pueblo, la cual regentaban un amable matrimonio que ya conocía porque encima del bar tenían el único hostal de allí, donde me hospedé las dos ocasiones anteriores.
Me senté en una mesa azul mar, a consonancia con todo el ambiente marinero de la taberna, y estuve fijándome en un escanciador automático que tenían en la barra mientras esperaba.
-Tú estás pidiendo un café a gritos. Dijo a mi derecha una voz joven y notoria. -¿Tanto se me nota? Pregunté mientras giraba mi cabeza y ví que se trataba de la camarera, que no era la dueña bonachona de aquel lugar, sino una chica delgada con ojos verdes y pelo color castaño aclarado tanto con la luz del sol que parecía que tenía mechas rubias y parecía ser la típica chica con un carácter marcado y original en algunas cosas. -Esa cara de besugo adormilado lo dice y también que no hayas mirado la carta de desayunos tal y como haría cualquier turista bien descansado. Dijo con cierto aire de "sabelotodísmo". -Pues traéme un cortado lo antes posible por favor. Le dije y ella puso un gesto bastante cómico mientras apuntaba mi pedido en su libreta.
Tras cinco minutos que se me hicieron eternos vino la camarera con mi café y justo en el momento que me lo sirió tuvo la habilidad de sentarse en frente de mí mientras me empezaba a hablar. -Así que te compraste una casa aquí para ti sólo me han contado. Genial ya sabía dos cosas, que la propietaria hoy estaba en la cocina y que mi café había tardado tanto y ahora esta mediofrío porque le estaba contando mi vida. -Antes de nada, bienvenido al pueblo, mi nombre es Mara ¿Y el tuyo? - Encantado Mara, yo soy Leo. Contesté en ese tono cordial en el que me había preguntado. -Bueno Leo, tómate el café ya que te voy a enseñar Tazones de arriba abajo. Sonreí ,aunque poco tenía que enseñarme en ese minúsculo pueblo, me acabé el café ya frío de un trago y me levanté.
En media hora habíamos recorrido todo el pueblo de arriba abajo. En el puerto, Mara le contó al capitán de un velero que era nuevo en el pueblo y me dió un pez muy grande no sabía qué pez era, ni lo pregunté, no quería parecer un idiota urbanita, aunque en verdad lo fuese. Después estuvimos todo el día en la playa, contándome ella su vida. Una chica que tuvo la suerte de obtener una beca para estudiar en una de las más importantes escuelas de Francia desde los seis años, pero a los dieciseis se aburrió de la vida de uniformes y gente estirada, cogió una mochila y estuvo dando tumbos por toda Europa durante tres años y subsistía como una excelente camarera. Sus padres eran los dueños de la taberna y aunque no aprobasen su estilo nómada de vida siempre la acogían cuando casi siempre por algún traspiés se había quedado sin un sitio donde estar.Yo también le conté mi locura de comprarme una casa allí sin que nadie de mis conocidos se enterase de que me iba sólo.
Al anochecer hicimos una hoguera en la misma playa para comernos el pez que nos dió el pescador. La verdad es que estaba bastante bueno, nunca había comido nada igual, aunque no sabía aún muy bien lo que me estaba comiendo. Mientras la improvisada cena, Mara me lanzó una pregunta indirecta que hizo que casi me atragantase. -Lo que yo no sé es lo que puede encontrar un chico al que le gustan los de su mismo equipo en un pueblo como éste. Mi cara de sorpresa a la pregunta fue bastante notoria. -Tranquilo no tienes tanta pluma, bueno tienes, pero me me dí cuenta por cómo miraste al chico que se estaba bañando antes en la playa, al que por cierto ya te presentaré, y sí, está tremendamente bueno. Dijo con cierto aire de deseo frustrado, como si lo hubiese querido siempre para ella y no lo hubiera alcanzado. La verdad es que su intuición me daba miedo. Cambió de tema rápidamente. -¿Entonces cuál fue la razón de verdad por la que te has venido aquí? Mi reacción fue cerrar los ojos como si una fuente de lágrimas fuese a recorrer mis mejillas de un momento a otro. -¡No, no he preguntado nada! Qué tonta que soy, vienes a renovarte por dentro y yo vengo a sacarte malos recuerdos... Mostré una sonrisa y con ella un "Tranquila, estás perdonada". Estuvimos mirando en silencio todas las limunosas estrellas que colgaban de ese cielo oscuro que acababa donde chocaba con el mar. Al final intenté sacar de nuevo conversación, aunque era un silencio bastante relajante. -Oye Mara ¿Cómo se llama el pez que me acabo de comer? Se empezó a reír y me gritó -¡Babiecu!
Creía que lo que me gritó era el nombre del pez, pero en realidad "Babiecu" significaba atontado en bable. Nunca supe qué pescado comí, pero fuese por el momento, el lugar o la compañía, en la vida comí algo igual.