domingo, 29 de junio de 2014

Orgullo con sabor a ron

En un ambiente donde todo lo que te rodea no se sale de la heteronormatividad es difícil salirte un poco de aquello que habitualmente has visto. Aún así, hay un momento en el que si eres diferente tienes que acabar aceptando cómo eres. Quizás con dificultades, pero al final ves un choque en tu manera de relacionarte con los demás si no te aceptas.
Para un chico de quince años no era fácil dejar visibilizar lo que sentía, pero finalmente tuvo que dar el paso. Primero con unos, luego con otros, pero a las personas de su confianza tenía que contarles que era homosexual, porque eso era parte de él.
Este chico no tuvo muchos problemas comparado con un chico gay o una chica lesbiana de hacía veinte años. Política y socialmente ya se había avanzado bastante. Aunque aún había que cambiar muchas cosas, siempre sabía que iba a tener que superar barreras y podía haber gente que tuviera prejuicios, pero en cuanto se dijo para sí quién era, el resto parecía mucho más fácil de superar.
No obstante, era un chico de una ciudad mediana donde nunca había visto en aquel momento por allí algo que le sirviese de ayuda para poder encarar todo aquello que veía que ya era imposible de negar. Su referente era la televisión. Una televisión que cada verano mostraba carrozas, hombres con ropa sado y hombres trasvestidos, pero le faltaba ver a gente que fuese parecido a él. Esta situación, le llevaba a creer que tenía que ser para ellos, lo cual le generaba un profundo dilema, porque siempre se había sentido bien con su forma de ser, su manera de vestir...
Quizás ese fue de uno de los principales baches que tuvo, intentar romper tópicos que él aún no sabía que realmente lo eran. En su continuación de reafirmación de ser hubo un momento en el que pese a ser gay se sintió como alguien que no tenía nada que ver con el colectivo LGTBI.
No se veía como la imagen que le daba la sociedad que le tenía que dar y por otra parte veía que algunas asociaciones no luchaban contra la percepción estigmatizada que tenía alguna gente de la sociedad. Este chico se dio cuenta de que él no era el único que no pasaba por aquellos filtros.
 Finalmente fue conociendo a personas que se salían de lo que la tele le hacía pensar. Casi ninguna lesbiana, gay o bi se enmarcaba dentro de lo que la caja tonta le hacía pensar. Cada persona era distinta y tenía una actitud desigual ante el mundo que le rodeaba. Sus sueños eran distintos y estaban lejos de lo que muchas veces los medios de masas a través de sus noticias, pero también de sus producciones audiovisuales, intentaban dar a conocer.
Si bien es cierto que con el tiempo vio que aquella verdadera realidad se empezaba a dejar ver tímidamente en los medios, la tónica seguía siendo la misma.  También se dio cuenta de que tampoco toda la gente que pasaba por el orgullo allí era así, sino que tan sólo era lo que los medios sacaban.
El homosexual atractivo interesado por su cuerpo que le gusta lucirse es cierto que existe, pero como también existen  heterosexuales con los mismos patrones. Por ello es curioso que siempre predominen algunas figuras en el mundo LGTB, mientras que éstas no son las predominantes en el mundo hetero.
También me hace pensar que si yo no me siento totalmente representado en algo así, pienso que una mujer lesbiana, bisexual o transexual no lo estará en la mayoría de las ocasiones. Se  ha dado un mensaje machista en el sentido de esta celebración. Las mujeres apenas aparecen y parece que es algo más propio de hombres cuando ves que las carrozas están llenas de hombres en su práctica totalidad.
Es curioso además que una serie de reivindicaciones sea fomentada por la empresa privada. Las carrozas en su gran mayoría tienen publicidad de algún tipo de empresa, muchas veces de la trama empresarial LGTB de Madrid, el primer interesado del Orgullo que se ofrece.
En este sentido las asociaciones organizadoras tienen bastante culpa de hacer muchas veces lo que al empresariado gay le interesa. Pese a que el Orgullo ha sido históricamente el 28 de junio, este año en Madrid se va a realizar el primer fin de semana de julio. Este año se ha visto claramente cómo los intereses del Dios Dinero se anteponen a la lucha de derechos, al trasladar la fiesta una semana después—mucha gente está de vacaciones y se puede trasladar más fácilmente desde otros puntos de España—, pese a que el 28 de junio haya sido sábado.
Cuando hace unos meses la alcaldesa Ana Botella fue a Berlín para fomentar el turismo gay en la capital no me extrañó en absoluto. Sus declaraciones de “Peras y manzanas” no la impidieron ir a la capital alemana para vender aquello. Su objetivo no era reivindicar los derechos LGTBI, sino intentar fomentar el sector turístico en su ciudad. Hemos llegado a un punto en el que una reconocida homófoba puede llegar a vender paquetes vacacionales a homosexuales.
El dinero mueve el mundo de muchos y los prejuicios se transforman en oportunidades cuando se pueden llenar varias carteras. En el resto de luchas sería inimaginable un control tan alto de la empresa privada. No entraría en la cabeza de nadie que una manifestación pro aborto fuera patrocinada por una clínica abortista. El hecho le quitaría credibilidad a un asunto tan serio.
Igual pasa en el Orgullo que se celebra en Madrid. Hay mucha gente que va por fiesta, no porque allí se reivindique algo. No me parece mal combinar una manifestación con un acto festivo, pero que la fiesta se imponga sobra la manifestación puede suponer que la reivindicación se diluya.
Es verdad que existe un orgullo crítico que lucha en parte con todo lo que estoy diciendo, pero por desgracia no es el que la gente llega a conocer, ni la gente que no iría al Orgullo normal por lo que acabo de decir.  El que tiene publicidad es el comercial, el televisivo y el muchas veces estereotipado.  Los del crítico son los que además de sufrir el silencio de los medios—incluso de medios LGTB— son maltratados por las instituciones, al no permitirles que su manifestación pase por el trayecto que quieren y fijarles la ruta de la propia protesta. Es el orgullo que no da ingresos y al que a los gobiernos del PP no le interesa.
Mientras tanto, hay muchos LGTBI que por desconocimiento de que existe el crítico y su animadversión ante el oficial siguen sin salir a la calle. Gais, lesbianas, bisexuales y transexuales que no se ven representados y en más de una ocasión se sienten ocultados.
La realidad televisada no es falsa, pero no se puede limitar a un colectivo tan amplio y heterogéneo con la aplicación de unos mismos patrones que suelen ser minoritarios. Cada persona es distinta y su comportamiento también.
El orgullo tiene que ser la plasmación de una lucha. Tiene que ser el Orgullo de todos, no el orgullo de los empresarios de Chueca. Se necesita el Orgullo tanto como se necesita el día de la Mujer o el día del Trabajo, pero debe ser de otra manera.
Si se quiere un orgullo en el que haya personas que no se sientan identificadas, las asociaciones organizadoras no se podrán quejar de que haya intolerancia dentro del colectivo. Tener como enemigo a un LGTBI porque no se le ha dado un mensaje de que ese también es su orgullo y no el de unos estereotipos y lobbies económicos puede suponer una involución en la percepción dentro y fuera del colectivo.
La lucha LGTBI trata tres cuestiones  muy distintas: Sexualidad, sexo y género. La parte más visible somos los gais, lesbianas y bisexuales, aquellos quienes tenemos una sexualidad distinta a la mayoría de la población. En nosotros está la responsabilidad de romper con mitos, promoviendo la aceptación por parte de la sociedad, pero no sólo de nosotros, sino también de la otra parte del colectivo que es menos visible, pero que también existe. Los transexuales y transgénero tienen que enfrentarse a una LGTBIfobia mayor al no ser tan visibles. Por ello es importante que aquellos que sí somos más visibles también intentemos meter en las conversaciones a pie de calle a ellos y ellas.
El problema está en que si una persona se ve fuera de un colectivo por la imagen externa que este muestra, le va a dar igual que en las revueltas de Stonewall también hubiese transexuales, no lo va a ver como una lucha pareja a la suya propia. No se va a informar ni va a intentar que aquellos no tan visibles ni numerosos se tengan que enfrentar al menor número de batallas posibles porque alguien previamente le ha ayudado a romper estigmas. Seguramente va a tener un punto de vista muy semejante al de cualquier heterosexual desinformado.
Un Orgullo es más que un acto, es una ventana para muchos y es importante que esa ventana no muestre cosas que pueda generar rechazo de aquel chico de quince años que acababa de salir del armario, sino que tiene que ser algo donde él y todos y todas podamos distinguirlo como una lucha común, no como una simple fiesta patrocinada por marcas de bebidas.

lunes, 2 de junio de 2014

Señor Felipe, yo no le he votado

Carta para el Señor Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia:



Querida alteza, le escribo esta carta como hace un año también le escribí a su padre para decirle las mismas cosas que a usted no le habrán dicho en toda su vida.
El reino en el que quieren que usted mande está sumido en la completa miseria. La gente de a pie lo vemos cada día. El paro y la pobreza sigue siendo el pan nuestro de cada día. La situación no ha mejorado en absoluto, aunque tengamos a un presidente del gobierno y un consejo de Ministros que derrocha una alegría que no ve nadie excepto ellos mismos.
La mayoría de la gente joven no podemos trabajar y los que trabajan, lo hacen con salarios pírricos y contratos precarios. Muchos se han tenido que ir de este país y no parece que puedan volver algún día a su hogar, sino que seguramente muchos les tengamos que acompañar en su exilio.

Es verdad que esa crisis no la pagan todos, los ricos son cada vez más ricos y tienen más derechos sobre los trabajadores para explotarnos como quieran. Todas las políticas han llevado a una clase trabajadora más empobrecida y a una oligarquía mucho más enriquecida.
En esa oligarquía incluyo a los gobiernos que han legislado en favor de aquellos que con su dinero, empresas e influencia permiten que los exministros de este país tengan un puesto asegurado en los consejos de administración de las empresas españolas. Por suerte, la gente parece que empieza a despertar de una vez.

El bipartidismo está de capa caída. El PP y el PSOE son meras figuras de un antiguo régimen abocado a desaparecer. Por primera vez, hay más personas que votamos a otras fuerzas políticas antes que a ellos.
Cabe la coincidencia de que además estas dos fuerzas han sido las máximas defensoras de su familia.

Aunque su familia se haya visto salpicada por polémicas y verdaderos problemas de corrupción, su status no se ha visto afectado. Siguen yendo a banquetes, regocijándose entre la opulencia y mirando por encima al resto de la sociedad.
Ahora que su padre ha dimitido, a usted le van a poner como nuevo rey, pero quiero preguntarle quién le ha dado derecho a ser jefe del estado. La gente sólo votó una constitución y ésta era una carta de libertades, que aún no siendo todas que se necesitasen, resultaba suficiente para una sociedad reprimida por cuarenta años de franquismo. Por cierto, curiosamente Franco fue quien designó a su padre para el puesto de monarca.
Además, no hubo ninguna otra consulta que hiciese una de las máximas preguntas: ¿Monarquía sí o monarquía no? No querían arriesgarse y prefirieron hacer sólo una pregunta para asegurarse un puesto vitalicio.
Hablando de puestos, ¿sabe usted en lo difícil que se ha convertido ser funcionario? En algunas oposiciones se han presentado mil personas para acceder únicamente un par de plazas ofertadas. Imagínese cómo verá esa gente de injusto que usted por el mero hecho de apellidarse Borbón tenga un puesto de alto cargo público.

Por ello, sólo le pido una única cosa, déjenos a las personas decidir sobre lo que queremos. Pedimos un referéndum que permita que los ciudadanos podamos decidir qué tipo de estado queremos. Muchos sabemos que la monarquía es un anacronismo y que no es más que un quiste dentro espacio territorial y político. No obstante, sabemos que en democracia cualquier cambio profundo tiene que estar marcado por una consulta popular vinculante. También sabemos que el PP y el PSOE ha bailado tantísimo alrededor de la monarquía que vale con que usted abra la boca para que hagan lo que diga, aunque sea para preguntar sobre lo que desee la gente y ésto les pueda también afectar a ellos. 

Si más de la mitad de las personas va a votar y dice que sí quiere monarquía, quédese donde está, el pueblo le ha legitimado. Pero en el caso de que la mayoría de las personas aboguen por una III República o vaya a las urnas menos del 50% de las personas, usted estará obligado a largarse.
Se irá, éso sí, como un auténtico caballero. Se irá con el dinero que la gente diga que es legítimamente suyo y lo que no lo sea, será para los ciudadanos de este país. Aunque no se llevasen nada, si está tan bien preparado como dicen, obtendrá un buen trabajo que aumentará su abultada riqueza y la de su estirpe. No creo que tengan que pasar por vivir toda la familia en una misma casa tirando de la pensión del abuelo, como les está sucediendo desgraciadamente a muchas familias españolas. 
De esta manera, al menos se podrá decir que usted no fue una auténtica garrapata a la que hubo que echar para que nos dejase de chupar la sangre a todos los españoles. Por favor, deje de mirarse su propio ombligo y fíjese en toda la gente que ha salido hoy a las calles pidiendo libertad, democracia y su derecho a decidir si quieren tener una monarquía continuista o la república social y solidaria que muchos anhelamos. 

miércoles, 21 de mayo de 2014

La llamaban Libertad

La historia de la vida de Libertad comienza en su propio nombre. En el año setenta y seis sus padres, Oriol y Lola, exiliados por el régimen de Franco en Francia, volvieron a su Madrid natal. Habían pasado unos años duros fuera, pero tenían la sensación de que con la muerte del dictador las cosas mejorarían lo suficiente como para poder reinstalarse en el país. El matrimonio traía sorpresas de Francia, la más importante de todas era que su madre estaba embarazada de ocho meses. Los médicos, preocupados por el viaje que la esperaba con un embarazo tan avanzado, la insistieron en que se quedase en el país hasta que al menos hubiera dado a luz, pero ella se opuso. Quería que su bebé naciese en el país de sus padres y que desde el primer momento la pequeña criatura compartiese desde el primer momento los nuevos aires de libertad que se respiraban en las calles de la capital.

Aunque también dejaron a gente allí, estaban deseando llegar tras tantos duros años  de sufrimiento fuera España y volver a encontrarse con los familiares y amigos que estaban esperando su vuelta. Apenas dio tiempo a que el avión aterrizase en Barajas para que su madre rompiera aguas. La trasladaron al Hospital Doce de Octubre inmediatamente, sumándose a la alegría de volver a casa con la llegada de una nueva vida.
A las siete de la mañana, el bebé dio la bienvenida al mundo. Cuando Oriol le puso el bebé sobre el regazo de su madre y le dijo que era una niña, ya sabía cómo se tenía que llamar: Libertad.
Aunque la felicidad colmó a aquella familia, eran tiempos convulsos.  Pese a que predominase un ambiente de protestas en la calle, la gente celebraba el resultado del referéndum de la reforma política, que sería la primera piedra para las primeras elecciones democráticas tras cuarenta años de franquismo. No obstante, había minorías que no aceptaban tan bien el nuevo destino del país y un día después de que Libertad naciese, murieron cinco abogados laboralistas a manos de unos terroristas fascistas en un edificio de la Calle Atocha.
A unos días de dar a luz, Lola salió a la calle. Los médicos y Oriol la suplicaron que no hiciese eso, aún necesitaba recuperarse del parto, pero no les escuchó.  Sentía que debía salir a quejarse de la muerte de los abogados asesinados y a pedir libertad al gobierno del régimen. La gente pedía que de una vez se legalizase el PCE y no quería que se intentase coartar la libertad de voto. Oriol, conociendo el temperamento de su esposa, se resignó y acompañó a su mujer en la manifestación.
Con el pasar de los años, mientras que el nuevo sistema parecía asentarse, Libertad crecía con la fuerte actitud que había heredado  de su madre. Estuvo desde su infancia en las calles con sus padres en numerosas protestas, ya fuese a favor de que las mujeres pudiesen decidir sobre su cuerpo o en contra de que España se volviese a militarizar con su ingreso a la OTAN.
Cuanto más mayor se hacía, la llama de su pensamiento crítico se avivaba más. A los diecinueve años compaginaba sus estudios de periodista con un trabajo de camarera y durante sus horas libres participaba allí donde le parecía que tenía que estar, luchando contra esas injusticias que seguían mandando en el mundo.
En 2003 Libertad tenía 25 años y ya había salido de la Universidad, aunque su trabajo no se relacionaba para nada con el periodismo. Trabajó durante tres meses en un importante periódico, pero  no la dejaban ejercer como una verdadera periodista, sino que estaba obligada a no husmear demasiado para tener contenta a la Junta de Accionistas y a sus intereses. Por ello, prefirió volver a estudiar y hacer un ciclo de grado superior de Administración para reincorporarse al mundo laboral en un trabajo que sí pudiese hacer como ella quería. Afortunadamente la contrataron en una editorial como administrativa, lugar que a ella como buena amante de los libros, le parecía muy interesante.
Ese mismo año iba a comenzar la Guerra de Irak y España participaría en ella. La opinión pública estaba en contra y un gran número de personas salió a protestar.
En una de las manifestaciones en contra de la guerra, Libertad conoció a la persona que acabaría siendo su gran amor. Las calles del centro estaban a rebosar de gente  y tropezó con algo que había en la calzada, pero no llegó a caerse, alguien llegó a cogerla.
—     ¿Estás bien?—Le preguntó el chico que le había cogido. Entonces se fijó en sus ojos color café y su rostro barbiluengo.
—     Sí, gracias —dijo con una sonrisa al mismo tiempo que apoyaba el pie de nuevo en el suelo, que hizo que cambiara el gesto de su cara y soltase un pequeño grito de dolor.
—     Creo que te has torcido el tobillo— se apresuró a decir— ¿Quieres que te lleve al médico?
Libertad aceptó. No podía andar y había ido sola a la manifestación, así que él se convirtió en su salvavidas. Una vez en la sala de espera de Urgencias, empezaron a hablar. Libertad descubrió que se llamaba Carlos, tenía 27 años y era conductor de autobuses. Hablaron tantísimo que la larga hora que les tocó esperar se les pasó volando, e incluso a Libertad se olvidó del dolor.
Una vez en la consulta, el médico le dijo lo que ya esperaba, se había torcido el tobillo. Se lo vendaron y la mandaron reposo. Carlos pidió un taxi para llevarla a su casa. En el taxi, Libertad le invitó a tomar un café el día siguiente. Éste aceptó y por la mañana estaban en una cafetería charlando y riendo como locos. Libertad tuvo que ir con muletas, pero ni aún así renunció a la cita.
Quedaron en innumerables ocasiones y poco a poco Carlos fue invadiendo su mente, llegando finalmente el día en el que se dieron cuenta de que se habían convertido en una pareja.
Pronto alquilarían una casa y se irían a vivir juntos. Sabían que aunque la economía fuese bien, los salarios no subían y era imposible comprar una vivienda. Frente a toda la gente que se endeudaba en aquel momento para poder independizarse, ellos se negaron a ello y adquirieron una casa en régimen de alquiler. Mientras tanto, no se resignaban a la situación y se unieron a protestas y movimientos que pedían una vivienda digna. Hacía un año que el gobierno había cambiado de color, pero los problemas para tener en una vivienda que había con el gobierno de Aznar, estuvieron más presentes en el gobierno de Zapatero.
Oriol y Lola se apenaron cuando Libertad anunció que se iba a vivir con Carlos. Ellos sabían perfectamente que ese día llegaría, pero al ser su única hija, su ausencia en casa se notaría más. Pese a ellos, se convencieron de que Libertad iba a estar bien con una persona como Carlos y era lo suficientemente responsable como para saber apañárselas sola.
En 2008, el padre de Libertad murió por una enfermedad que padecía desde hacía tiempo.  Ese mismo año, nació el hijo de Libertad y Carlos, al que llamarían Oriol en memoria  de su difunto padre. El pequeño Oriol llegó al mundo en un momento en el que parecía que todo se iba a desmoronarse por momentos. “El milagro económico” había sido un triste y engañoso sueño. Las viviendas habían llegado a costar tanto y los intereses de las hipotecas eran tan elevados que la gente empezaba a no poder pagar. Durante años el pilar de la economía fue la construcción y al caer ésta, comenzaron a destruirse todos los puestos de trabajo que generaba.
Al principio el trabajo de Libertad no se vio afectado por la crisis, pero la oleada de despidos y rebajas salariales pronto llegaría a su matrimonio. Primero ella sufrió un expediente de regulación de empleo en la editorial y despidieron a la mitad de la plantilla. Tuvo la suerte de ser una de las personas a las que no echaron, pero la bajaron el sueldo.
Poco después, también comenzaron las reducciones salariales para su marido, lo cual provocó que muchos meses Libertad tuviera que pedirle dinero prestado a su madre para poder pagar el alquiler.
Comenzó una de las etapas más negras que Libertad había vivido. Primero, aquel presidente al que le estalló la crisis hizo unos recortes brutales y abarató el despido. Estas medidas provocaron que en 2011 mucha más gente que hasta ese momento había mantenido su empleo perdiese su trabajo, entre ellas Libertad.
Nunca había estado desempleada y ahora se sentía triste e inútil. Metió su curriculum en todos los sitios, pero no recibía ni una sola llamada para una entrevista. Estaba desesperada.
Otra vez cambió el gobierno y sus políticas fueron aún más inhumanas que las del anterior.  El nuevo ejecutivo aplicó recortes  brutales, además de hacer otra reforma laboral que facilitaría aún más el despido.
En 2014, las discusiones entre Carlos y Libertad eran cada vez más frecuentes. Vivían en una situación límite, a ella se le había acabado la prestación por desempleo y él era quien se enfrentaba ahora a un ERE. Mientras tanto, tuvieron que cambiar a Oriol de colegio, el suyo lo había cerrado la Comunidad de Madrid. El nuevo colegio  estaba mucho más lejos que el anterior y tenían que pagar ahora además otro gasto  por tener que coger transporte para llevarlo cada día. A la familia no les salía las cuentas y las ayudas en forma de dinero de la madre de Libertad cada vez se hacían más frecuentes, acabando por convertirse en una rutina embarazosa.
Un día, Libertad se dio cuenta de que no podía más y decidió que si quería trabajar, debería irse al extranjero. Carlos la comprendió perfectamente, porque aunque la fuese a echar de menos, sabía que sería la única manera de poder continuar con su matrimonio. Ambos se amaban hasta límites desconocidos, pero la desesperación de ella por no encontrar trabajo y de él por no saber si iba a poder mantener el suyo les ponían en una situación de miedo y tensión que les empujaba a tener que desfogarse diciendo cosas duras que hacían daño al otro. A su madre, Lola, le fue más duro hacerse a la idea de que su hija se fuera tan lejos, pero aunque intentó cambiarla de idea, le resultó imposible. Al final acabó entrando en razón y entendiendo que su hija no se iba a ir, sino que la echaban del país al no tener oportunidad de acceder a ningún trabajo.
Finalmente, llegó el día en el que Libertad iría a Inglaterra, ya que había encontrado una oferta de trabajo en ese país. Sería camarera de un hotel con un contrato precario, pero todas las ofertas que encontraba eran de ese estilo.
En el aeropuerto se despidió calurosamente de Lola y de Carlos, pero dedicó más tiempo en despedirse de Oriol. El pequeño de seis años era un mar de lágrimas. Libertad, con el alma partida, le dijo una cosa que no olvidaría en su vida.
—Cariño, me voy como la abuela junto al abuelo tuvo que irse en su día. Sus razones eran otras, pero al igual que ellos, no tengo otra opción que el exilio. Papá también está triste porque me voy, así que cuida de él—el niño se secó las lágrimas con las manos y asintió— y sobre todo, nunca dejes de luchar. Puede que las cosas no vayan siempre como quieras, pero no dejes que te callen por defender en lo que crees  y nunca te sientas rendido. Lucha hasta tu último respiro por tus derechos.

Ya avisaban por altavoz que los pasajeros hacia Londres podían acceder al avión. Libertad abrazó a su hijo para despedirle y se fue rápidamente hacia la puerta de embarque. Ella ya no creía ser Libertad, sino Exiliada. Cerró sus ojos llenos de las lágrimas que se había aguantado ante su hijo y se prometió a ella misma que algún reconquistaría la felicidad que le habían robado.

domingo, 27 de abril de 2014

San Juan Pablo II, el Papa que no era un santo

Aunque de asuntos vaticanos no me gusta hablar, tanto por mi ignorancia como mi desdén a ellos, hoy los acontecimientos me empujan a meterme en un tema tan controvertido como es la canonización de dos papas.
El Papa Bergoglio tenía prisa y al canonizar a Juan XXIII también ha hecho Santo a Juan Pablo II, pues al parecer los tiempos para santificar a un Papa son muy largos. Insisto en mi profundo desconocimiento acerca del tema.

No sé cómo fue Juan XXIII y si realmente fue tan bueno o no, ya que no soy historiador ni mucho menos experto en teología. No obstante, sí soy una de las tantas personas a las que les consume por dentro que un Papa como Juan Pablo II siga siendo alabado varios años después de su muerte.
Se apoyó desde el primer momento en los Estados Unidos y el capitalismo para luchar contra la expansión del marxismo por el mundo, cualquiera que fuera su forma. Así fue que incluso visitó Chile en tiempos de la dictadura de Pinochet, quien arrebató la democracia a su pueblo por medio de un golpe de estado armado que quitó al gobierno legítimamente electo del socialista Allende.
Juan Pablo II con Pinochet

Este pontífice fue quien vio el surgimiento del VIH/Sida y los primeros años de la pandemia, pero ello no le dio pie para cambiar el punto de vista de la Iglesia contrario al uso de anticonceptivos, sino que se reafirmó en su tesis. Su discurso anti-condón tuvo especial efecto sobre África, el continente que más ha padecido la plaga, pero donde también faltaban más medios para no contraerla, por lo que esta perspectiva escandalosa e ilógica sobre los anticonceptivos por parte del Vaticano sólo podía tender a acentuar las cuotas de transmisión en muchos de los países africanos de mayoría cristiana.
Vio cómo la iglesia perdía fuelle en su mensaje de odio a los homosexuales, pero tampoco cambió de parece en ello. Mantuvo el mensaje de rencor contra lesbianas y gais, defendiendo a las relaciones sexuales como el fin para la reproducción, negándolo como un acto de amor o afecto y manteniendo a muchos homosexuales católicos fuera de la Iglesia.

No obstante, si hubo un tema que no trató fue el de la pederastia dentro de la propia Iglesia Católica, ni pidió perdón por el daño causado por parte de algunos de los miembros de la iglesia que abusaron de niños. Con el tiempo se ha conocido que incluso podría haber encubierto casos de pederastia, tal y como parece que hizo con el fundador de una congregación mejicana, Marcial Maciel.


Con todo esto, no parece muy acertado santificar a un papa que representó a una de las alas conservadoras del catolicismo durante más de treinta años. Parece que el Papa Bergoglio intenta dar un tímido paso de respeto y acercamiento a la sociedad en su discurso, pero por otra parte con algunas de sus acciones como la de beatificar a Juan Pablo II o la de designar como cardenal al obispo que poco después trataría en una entrevista a la homosexualidad como una “deficiencia tratable” da a entender que su discurso de tolerancia es mera publicidad que no tiene nada que ver con lo que realmente pone en práctica.