martes, 14 de junio de 2016

13J: Un debate electoral que olía a cerrado

Reconozco que vi el debate dando cabezadas. Me pareció pesado desde el inicio del segundo bloque. Los candidatos se limitaron a pasar el trámite, intentando salir indemnes. La puesta en escena invitaba menos al careo que sí se dio en el anterior debate para las elecciones de diciembre. No hubo grandes conatos inesperados. En esta ocasión se notaba que los propios partidos políticos no habían dejado rienda suelta a los periodistas para organizar el debate. Todo estaba demasiado pautado y los discursos mitineros predominaron en un cara a cara que se convirtió en una sucesión de monólogos.


La novedad en este debate era la presencia de Mariano Rajoy. Pese a su alergia a aparecer en público, salvó los muebles en casi todas las ocasiones erigiéndose como el héroe nacional que había salvado el país tras la herencia recibida. No fue por méritos propios, sino por deméritos del resto. Pese a agarrarse a los datos económicos y sociales que le interesaba utilizar, no hubo ningún candidato que se atreviera a decirle que saliese a la calle para ver cómo es la verdadera situación del país. Tan solo en corrupción el candidato del Partido Popular estuvo más nervioso, especialmente frente a Albert Rivera.

El enganche dialéctico en materia de corrupción entre Rajoy y Sánchez evidenció de nuevo el poco trasfondo del discurso de los dos partidos clásicos. El candidato del PSOE se quedó en una posición de atasco desde el inicio del debate. Sus acusaciones reiteradas a Pablo Iglesias de no haber votado a favor de un gobierno del PSOE se convirtieron en repetitivas. 

El candidato de Unidos Podemos no quiso entrar en el juego de Pedro Sánchez. Toda su estrategia se basaba en olvidarse de Sánchez y centrar sus ataques en el actual presidente del gobierno. Su objetivo era polarizar el debate entre una derecha liderada por el PP y una izquierda liderada por Podemos. Logró que la mayoría de sus ataques fueran hacia sus máximos enemigos ideológicos, PP y Ciudadanos.

Albert Rivera le hizo parte del trabajo contra Podemos a Mariano Rajoy. Sus ataques a Iglesias se basaron en comparar su programa electoral con Grecia y Venezuela. Se mostró altivo en todo momento frente al resto de los oponentes, salvo con Pedro Sánchez, con el que parecía haber pactado un acuerdo de respeto mutuo. Sus intervenciones denotaban una clara bajeza intelectual y no fue capaz de presentar sus propuestas de una manera convincente.

La cautela de los cuatro candidatos se sumó a la organización demasiado anticuada del debate electoral. El decorado parecía estar sacado de los ochenta, con unos atriles que parecían los paneles de mando de una nave espacial y una música de apertura estridente. La coordinación entre los tres moderadores resultó demasiado ineficiente. No unificaron criterios y en cada momento del debate se moderaba de manera distinta. Resultó inoperante que hubiera tres moderadores para solo cuatro intervinientes.

El debate se pareció demasiado a los debates del bipartidismo de los últimos cuarenta años. La institucionalización de los nuevos partidos ha hecho mella en el segundo debate a cuatro en la historia de la democracia y presentan la duda sobre si será posible recuperar la frescura del primero.

lunes, 13 de junio de 2016

La cabeza bien alta frente al radicalismo homófobo

En junio del año pasado el matrimonio igualitario se legalizaba en todo Estados Unidos. En junio de 1969 se producían los disturbios de Stonewall, que constituyeron el inicio del activismo en favor de los derechos de homosexuales, bisexuales y transexuales. Desgraciadamente, este junio de 2016 se ha convertido en el mes más negro de la historia reciente de los LGTB norteamericanos.


La mayor matanza terrorista en suelo estadounidense desde el 11S ha sido extremadamente rudimentaria. El asesino compró sus armas legalmente sin ningún tipo de restricción y con gran facilidad pudo entrar al local. Seguramente es muy difícil controlar a una persona tan desnortada─ el propio padre ha declarado que se enfadó mucho hacía dos meses por "ver a dos hombres besándose"─ , pero sí es posible no permitir que cualquiera tenga acceso fácil a un fusil de asalto y no cometa un asesinato masivo.

Pese a cometer el atentado en nombre de Dáesh, las personas de su entorno no lo definían como una persona extremadamente religiosa. Sin embargo, sí pegaba a su exesposa y era una persona inestable que expresaba públicamente su odio contra los judíos, las mujeres y los homosexuales. Es decir, se ha acogido a la utilización extremista de una religión por parte de un grupo terrorista para justificar sus crímenes.

A diario Dáesh cuelga homosexuales por ser diferentes a la mayoría. Hipócritamente se creen capaces de imponer por medio de la sangre una férrea moral cuando sus ejércitos y líderes violan sistemáticamente a mujeres y niñas. Los cincuenta asesinados se suman a una larga lista de víctimas del extremismo de distintas religiones durante siglos. Desgraciadamente no será el último crimen homófobo que se cometa.
 
Sin embargo, tanto Dáesh como el artífice de esta barbarie deben tener claro que ningún terreno conquistado en materia de derechos se va a ceder. Las libertades y los derechos afectivo-sexuales no son negociables. En su camino del miedo por derribar los logros legítimamente conseguidos por los hombres y mujeres LGTB nos tendrán en frente a muchos para decirles alto y claro que No Pasarán.

jueves, 29 de octubre de 2015

Las Malvinas de Rajoy

En abril de 1982, el ejército argentino ocupó unas pequeñas islas cuya soberanía se encontraba bajo la autoridad del Imperio Británico. Las probabilidades de victoria eran altas, la metrópoli se encontraba a miles de kilómetros de distancia y tenía los suficientes problemas como para no preocuparse de un diminuto archipiélago. La Royal Navy había corrido mejores tiempos, los recortes también habían llegado al ejército y los buques más cercanos estaban lo suficientemente lejos. Nada daba a entender que esta operación supusiese la tumba de la dictadura argentina.

Al otro lado del Atlántico, se encontraba Margaret Thatcher. El desempleo en su país era alto y su partido se derrumbaba en las encuestas. De repente, le comunican que las Malvinas han sido tomadas por los argentinos. Seguramente, cuando se lo dijeron no sabía ni situarlas en el mapa. Eso era lo menos importante. El rédito político que podía sacar estaba por encima de todo.
Fueron dos meses de combate hasta que se impuso la victoria de los británicos sobre Argentina. Un país gastó millones para mantener unos cuantos islotes con un par de millar de habitantes. Al ver el inicio de la contienda se podría considerar una locura, pero el desenlace se podría definir como una precampaña electoral exitosa. Un año después, Margaret Thatcher revalidó su mandato con mayoría absoluta. Su “hazaña” militar encendió los sentimientos patrióticos de los votantes, que volvieron a confiar en ella. Ella les correspondió como su corazoncito neoliberal le ordenaba, privatizando todo lo que se podía privatizar, incluyendo el sistema nacional de salud, y dejando los derechos laborales por los suelos.

En España, puede pasar que a Mariano Rajoy le toque la lotería de Navidad. La aprobación en el parlamento catalán de una declaración unilateral de independencia puede ser una oportunidad para que el Partido Popular se mantenga en el poder. Su electorado habitual, y muchos indecisos, se dejan conmover si se enarbolan banderas, aunque no se sepa muy bien en qué sentido. La mano dura en asuntos territoriales puede llevar a la amnesia de cuatro años con una alta tasa de desempleo, pobreza y desprotección social. La corrupción también se perdona.


Ojalá me equivocara y de una vez hubiera diálogo para abordar el asunto más importante que ha habido en la política española en los últimos treinta años. Sin embargo, parece que el objetivo no es tirar de democracia, sino demostrar quién es más bravo. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Sobre Cataluña y su campaña electoral


Se ha criticado hasta la saciedad el bajo nivel de los debates y discursos en esta jornada electoral catalana. Por la parte del gobierno español y cierta parte de los partidos opositores al independentismo, se ha incentivado el discurso del miedo basado en amenazas de lo que le pasaría a una Cataluña independiente. Por la parte independentista, se ha ido a un discurso frívolo y muy sentimentalista en el que han enarbolado la bandera de la independencia como el medicamento que curará todos los problemas de los catalanes.

Aun con todo, esta jornada electoral autonómica ha sido la que ha tenido mayor implicación de los líderes nacionales de todos los partidos, que durante dos semanas no se han movido de Cataluña para acompañar a sus respectivos candidatos. Es llamativo ver cómo al final el independentismo ha marcado el sentido electoral de los comicios. Al principio, los partidos anti-independencia negaron el carácter plebiscitario de estas elecciones que ERC, CDC y la CUP le otorgaban. No obstante, una vez dentro de la campaña, incluso el propio PP ha entrado en el juego de los independentistas y ha hablado de la necesidad de votar a partidos unionistas para que Cataluña no se separe.

La polarización de las elecciones en dos grandes frentes, han dejado fuera del discurso a aquellos que apuestan por una tercera vía, PSC y Catalunya Sí que es pot. Seguramente los miembros de Catalunya Sí que es pot han sido los que con mayor ansia estaban esperando el fin de la campaña electoral. Su intención de voto ha ido decreciendo cuanto más se iban acercando las elecciones. Antes del verano aparecían como segunda fuerza política, ahora las encuestas le dan un tercer puesto con un escaso 12%, poco más de dos puntos respecto a lo que consiguió ICV-EUiA en solitario en las anteriores elecciones. Se han quedado fuera de esta división del discurso y tampoco parece que Pablo Iglesias haya leído muy bien el parecer de la sociedad catalana. Resulta paradójico cómo Podemos en Cataluña haya accedido a hacer una sopa de siglas con Iniciativa per Catalunya e Izquierda Unida, método que habían criticado hasta la saciedad anteriormente; y que parece que lo han querido reflejar con el nombre de la candidatura, que da pereza de tan solo pensar en pronunciarlo. Podrían haber puesto a una persona carismática para combatir lo anterior, pero a cambio han puesto a Luis Rabell, persona desconocida y que ,por lo tanto, no atrae votos. Por falta de interés o exceso de confianza, los de Pablo Iglesias y Alberto Garzón se han quedado en tal situación que no tienen ni asegurado el tercer puesto, en clara disputa con el PSC de Miquel Iceta.

El frente secesionista (JxSí-CUP) y el frente unionista más centralista (C’s-PP) son los grandes beneficiados de esta división. Una división que va más allá de lo político y que en el palco del ayuntamiento de Barcelona durante su día grande se pudo ver con la disputa ridícula entre una estelada y una rojigualda. Los catalanes conforman una sociedad con alto nivel de desempleo y que ha padecido muchos recortes por parte de los que ahora les dicen que eso es problema de no ser independientes. Parece que todo se queda reducido a una guerra de banderas que no aportan nada más que ruido.